viernes, 6 de septiembre de 2013

Tres

           Alrededor de las 2:45 de la madrugada del 8 de febrero de 1987, un testigo ocular vio, desde la ventana de su casa, a un hombre caminando cabizbajo por la Avenida Fitzgerald.
Aquella noche los truenos retumbaban en el cielo y la lluvia caía con pesadez. En las irregularidades de la pavimentación de esa misma calle se habían formado decenas de pequeños charcos, donde se reflejaban las ambarinas luces de las farolas. La temperatura descendía sin cesar.

     Los zapatos del señor M. rozaban la acera con cada paso que daba, rasgando la suave piel de las mismas. La mente de dicho hombre permanecía en un estado de lúgubre meditación, lo cual formaba profundos surcos en su frente y lo envolvía en un aura obscura. Llevaba así varios días, desde que supo sobre...
Una manzana más allá pudo ver un luminoso cartel donde se podía leer “Hotel Leeroy” con letras rojizas y, bajo las mismas, “Abierto”, colgado en la fachada de un ruinoso edificio. Suspiró.

     Empujó las chirriantes puertas del hotel y el repentino incremento de temperatura empañó sus gafas. Se las quitó y se frotó los ojos, algo aturdido. Le costaba respirar y apenas llegaba a distinguir a las personas que se encontraban en el hall. Volvió a colocar los anteojos en su sitio tras hacer un vago intento de limpiarlos.
El alumbrado era escaso, tenue. La estancia daba vueltas a su alrededor. Sacó un pañuelo arrugado de tela blanca para secar su sudorosa frente. Respiró hondo varias veces antes de ser consciente del entorno. Primero se percató del penetrante olor a polvo que emanaba la moqueta que antaño había sido roja. Los gritos de histeria de la gente allí presente resonaban en las paredes de falso mármol, creando un reticente murmullo que despistaba al señor M. Este apretó los labios en una tensa línea, reclinó la cabeza e, ignorando al anciano que se escondía tras la barra de recepción y que le señalaba con un rifle, se apresuró hacia las escaleras situadas a su izquierda.

Mientras subía los escalones de dos en dos se obligó a sí mismo a recordar lo que había leído en la nota que había encontrado en la papelera de su casa hacía exactamente 6 días.

Hotel Leeroy, habitación 214. Sábado 7, 2:30 a.m.

Llegó al octavo piso y paró en seco. En una placa metálica colocada en la pared donde cualquiera pudiera verlo se podía leer “Habitaciones 200-220”. Irguió su espalda y echó a andar por aquel pasillo viejo y apestoso.
Caminaba despacio pero con paso seguro. 200, 201. Una torcida sonrisa escapó por sus secos labios. 202, 203. Rascó su incipiente barba, distraído. 204, 205. Un mechón de pelo grasiento se posó en los sucios cristales de las gafas. 206, 207. Su corazón aceleraba con cada paso que daba; la adrenalina corría por sus venas. 208, 209. Ya casi estaba. 210, 211. Dos habitaciones más. 212, 213.
Se colocó frente a la puerta grotescamente pintada de color crema, los números 2, 1 y 4 dibujados de negro justo sobre la mirilla.
Te tengo. Te tengo y pagarás por tus pecados. Pagarás por tu insolencia. Pagarás por faltarme el respeto. Sucia perra.
Tocó la puerta con los nudillos tres veces.
Eres mía.
Volvió a llamar.
Vamos, vamos.
Esta vez dio cinco golpes con el puño.
-¡Abre la puta puerta!- rugió.
Un joven de unos veinticinco años, cabello dorado y ojos intensamente azules, ataviado únicamente con una bata de seda gris abrió la puerta, mano derecha en el pomo y la izquierda en el corazón.
-¿A qué viene esta vejación?- con el ceño fruncido, el muchacho desafió la mirada del señor M., hasta que vio lo que el intruso sujetaba en su mano derecha.
-No tengo tiempo para tonterías, chico.- lo apartó a un lado con un empujón.
Penetró en la habitación, se quitó la mojada chaqueta y la tiró al suelo. Se aclaró la garganta y miró fijamente a su esposa, tumbada en la cama, desnuda, medio tapada con unas sábanas de flores.
Las paredes eran de un pálido beige, oscurecidas en las esquinas por la humedad. La cama se situaba frente a la puerta de la entrada, con la cabecera pegada a una pequeña ventana que en aquellos instantes tenía las cortinas echadas. Estas tenían bordados unos elaborados dibujos geométricos. Solo estaba encendida la lámpara de la mesilla. Las gotas de lluvia golpeaban la ventana con insistencia. El ventilador que colgaba del tejado hacía un ruido mecánico con cada pausado giro que daba. Un perro ladraba en la calle. Alguien gritaba en el pasillo.
-Hola, cielo.- susurró el señor M.


¡Bang!

                              ¡Bang!

                                                            ¡Bang!


Tres balas.
Una en el pecho.
Otra en la frente.
La última por puro goce.

Se oyó un ruido sordo cuando el revólver cayó al suelo.
Todo quedó en silencio.
El señor M. se limpió la mejilla con la manga de la camisa, la cual quedó teñida de carmesí. Giró sobre sus talones y observó al joven de la bata gris.
-Buenas noches.


     El señor M. salió de la habitación y nadie lo volvió a ver jamás.





domingo, 7 de julio de 2013

THE FAULT IN OUR STARS


DATOS DEL LIBRO
             Título original: The fault in our stars
       Título en español: Bajo la misma estrella
        Autor: John Green
Primera publicación: Enero, 2012 skdljd
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"A finales del invierno de mi decimoséptimo año de vida, mi madre llegó a la conclusión de que estaba deprimida, seguramente porque apenas salía de casa, pasaba mucho tiempo en la cama, leía el mismo libro una y otra vez, casi nunca comía y dedicaba buena parte de mi abundante tiempo libre a pensar en la muerte."
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          Esta es la primera de las muchas entradas en las que compartiré mis opiniones sobre libros que he leído o estoy leyendo.
          Para esta primerísima vez he elegido The fault in our stars, del autor estadounidense John Green. Oí hablar maravillas de este libro en algunas redes sociales y en estas mismas leí algunos fragmentos que la gente publicaba. No tardé más de un par de días en ir a la librería en su busca.
Poco me costó engancharme.
La escritura de Green es sencilla pero completa, fácil pero no simple. En realidad mi ejemplar está en su idioma original, por lo que no puedo afirmar que esté traducido con la misma gracia en la que está en inglés, pero por lo que he podido leer, está bastante bien.

          El libro narra la historia de Hazel Grace, una chica de diecisiete años y con cáncer de pulmón, cuyos padres la obligan a asistir a un grupo de apoyo, en el cual conoce y se enamora de Augustus Waters, un superviviente de osteosarcoma.
La historia en sí no tiene tanta importancia; de lo que trata es del desarrollo emocional de los personajes y de cómo viven con lo que les ha tocado vivir.

          En fin, es una obra maestra que, con su tono ameno e irresistible os hará reír y llorar y ambos a la vez.


Recomendable al cien por cien.


***

Aquí os dejo el Capítulo 1 en español, por si os pica la curiosidad.
Y aquí en inglés.



Mi ejemplar


Para ir a la página oficial de "The fault in our stars".

La próxima vez hablaré de "La última lección" de Randy Pausch.

Pero si tenéis otras sugenrencias tanto de libros como de peículas, por favor, dejad un comentario y los leeré o veré tan pronto como pueda. ¡GRACIAS!

miércoles, 29 de mayo de 2013

Auto estopista


Darle al play y leed.
Disfrutad.


          A veces me gustaría ser un personaje de ficción y no tener que formar parte de mi vida, ya que la ficción es mucho más simple, con reglas y leyes que no se pueden quebrantar.

          La vida, sin embargo, es ser un auto-estopista: puedes caminar solo, disfrutar del paisaje, sentir el viento y el sol en la piel, enfriarse bajo la lluvia o sofocarse de calor; o puedes montarte en el primer coche que pare y esperar que el desconocido sea alguien agradable, alguien con el que compartir el viaje, alguien con el que cantar esa canción de los setenta mientras improvisas un baile con los brazos, o bajar la ventanilla y dejar que la corriente se introduzca en el coche y refresque el ambiente.
Puede que el viaje no sea lo que esperabas. Puede que tus zapatillas se rompan después de tanto caminar, o que se acabe la gasolina y te quedes tirado en mitad de la nada. Puede que el desconocido sea un sociópata sin remedio o que el sociópata seas tú. Pueden pasarte un millón de cosas que jamás hubieras sido capaz de prepararte para ello. Y puede que los planes te salgan a la primera, o tal vez tengas que empezar una y otra vez hasta que te salgan bien.
La ficción es más sencilla: todo está planeado; los actores tienen sus guiones, los cámaras sus referencias y el director el storyboard. El set ha sido preparado meses antes y nada puede salirse de lo acordado. Y si lo hace, siempre hay un Plan B con el que milagrosamente se soluciona el problema.
Pero luego me pongo a pensar y me doy cuenta de que ahí está el secreto de vivir; la magia está en no esperar lo que viene, en ignorar tu futuro, que este te sorprenda, que te haga sentir algo, por muy terrible que sea. Porque, al fin y al cabo, eso es lo que somos. Somos emociones, buenas y malas. Somos lo que deriva de lo que sentimos; elegimos un camino u otro porque pensamos que las consecuencias nos serán placenteras, o porque pensamos que es lo correcto.


          El no saber lo que nos depara la vida nos da una ventaja sobre los personajes de ficción; tenemos el poder de cambiar nuestro futuro con las decisiones que tomamos en nuestro presente.