sábado, 28 de enero de 2012

Posdata: Te quiero.


Antes de que leáis lo que he escrito, creo que debéis saber que fue fruto de ver la película 'Posdata: Te quiero' (la cual os recomiendo), una de ésas películas en las que sueles necesitar pañuelos. Y os diré una cosa, que juro que es completamente cierta : No había llorado desde que vi a mi hermana llorar por el fallecimiento de una buena amiga suya, cosa que pasó hace ya casi dos años. Y cuando vi la película, simplemente no lo pude evitar. Aunque probablemente también influyera que estuviera completamente sola en casa (bueno, en realidad los demás dormían).
Una bonita escena de la película 'Posdata: Te quiero'
Y no sabría explicarlo, yo simplemente lo siento y ya está. Y lloro porque lo necesito, que hacía demasiado tiempo que no lo hacía. Y guardo la tremenda necesidad de sentirme amada, que me revienta el corazón en un estallido de fuego y hielo. Pero quiero sentirme amada con sus caricias y besos, con las dulces palabras que me susurra en el oído, con que aspire mi aroma y murmure cualquier cosa. Y no quiero que lo único que desee sea llevarme a la cama, porque, aunque sea bonito, ha de ser creado por el momento, como si, de repente, entre suspiros y abrazos, se encienda una luz que alumbre nuestras miradas. Entonces sí, me entregaría a él con cuerpo y alma, o simplemente me dejaría llevar por su contacto.

Así pues, os dejo mi pequeño secreto, mi pequeña confesión.

viernes, 27 de enero de 2012

Recuerdos

Un año. Ya ha pasado un año. Qué rápido pasa el tiempo. Y cuántos días y cuántas horas he pasado pensando en ti. Sólo en ti. Y no sabes lo que duele. No sabes lo que es añorar tu presencia, desear acariciarte la mejilla o querer decirte que te quiero, sin tener oportunidad de hacerlo. Sin poder verte sonreír, sin poder escuchar tu voz. Esa necesidad insaciable de saber que te encuentras bien o esa urgencia de poder abrazarte. De poder aspirar tu dulce perfume a frambuesas. Poder oír tu corazón latir.
Pero lo único que puedo hacer es admirarte en las fotografías en las que se nos ve felices, en los tiempos en los que todo iba bien. Y paso las imágenes como las hojas de un viejo periódico, mientras que las lágrimas se derraman lentamente y caen sobre tu imagen.
Tu bella imagen. La que tanto añoro. ¡Cruel Destino! ¿Por qué soy un simple Soldadito de Plomo que intenta salvar a su Bailarina? ¿Por qué me convertiste en un Romeo si estaba destinado a vivir sin su Julieta?
¡Oh, Dios! O Zeus. O vosotras, las estrellas, que tan astutas sois, decidme la razón por la que se le ha impuesto un precio a mi corazón, si tan destrozado está. Decidme la razón por la que me arrebatasteis a mi Luce y, por qué lo hicisteis de tal manera.
El mero hecho de recordarlo me corroe el alma. No. No puedo hacerlo…

-Venga, ¡dime a dónde vamos!- su voz suena tan bien en mis recuerdos…-No seas impaciente, Luce. Lo sabrás cuando lleguemos.El Citroen C1 ruge con suavidad mientras conduzco a 70 kilómetros por hora, aún sabiendo que el límite es de 50.Se ríe con gracia, de la única manera que ella sabe hacerlo.-Eres tan insoportable…-Y eso te gusta.La miro. Tiene esa mirada divertida y, sus ojos azul cielo brillan como los rayos del Sol. Su rostro muestra tranquilidad, amor. Es perfecta. Con su precioso pelo dorado y su centelleante sonrisa. Su escultural cuerpo y esa especial manera de balancearse cuando camina.Y justo entonces, cuando la miro como nunca lo he hecho, pensando en la suerte que tengo de tenerla para mí, esa fortuna se ve arruinada en unos segundos. Oigo un agudísimo estruendo y siento que mi cuerpo se parte en dos. Sacudo la cabeza algo confundido y miro hacia delante, donde un barranco hostil y pedregoso se expande hasta llegar a un pantano. Intento parar el coche. Giro el volante en todas direcciones. Aprieto el freno. Nada. No funciona. El coche no reacciona. Miro hacia Luce. Su cabeza cae sin sentido en su pecho y su cabello le tapa la cara. La zarandeo con la mano derecha, mientras que con la izquierda me aferro al volante. No responde. Me inunda la histeria e intento mover el coche sea como sea. Me abalanzo hacia la ventanilla, al asiento. Golpeo todo lo que se me pone delante. Y de repente, todo se vuelve negro. No veo nada. No puedo ver nada.
Poco a poco, empiezo a oír gente gritar a lo lejos, acompañados por una sirena. Esos gritos se vuelven cada vez más intensos y, me doy cuenta de que puedo abrir los ojos. Me da miedo, pero lo hago. Me duele todo el cuerpo. Miro hacia la nada y puedo vislumbrar a un señor de mediana edad, que me pregunta si me encuentro bien. Sólo puedo asentir. Me incorporo con una extrema lentitud y lo único que me llama la atención es esa manta plateada que está extendida en el suelo. Estoy seguro de que debajo se esconde algo y, cuando intento levantarme, el hombre posa su mano sobre mi hombro y susurra.-Lo siento.¿Lo siente? ¿Qué es lo que siente…? Vuelvo a mirar aquella manta inmaculada. El miedo se apodera de mí. Siento que palidezco y empiezo a sentirme mareado.No. No puede ser.¡No!¡NO!-¿Y Luce?- pregunto, aunque sé cuál es la respuesta.-Verás, muchacho, ella no ha tenido la misma suerte que tú. No llevaba abrochado el cinturón de seguridad y, el impacto hizo que se chocara contra…-No sigas. No quiero escuchar nada más.Me levanto y corro hacia Luce, tumbada en el suelo y escondida bajo una funda. La destapo y la veo. Veo sus párpados tornados, su pequeña nariz, sus rosáceos labios. Veo la sangre que dibuja su frente de un aciago color escarlata. Siento su frío cuerpo inerte. Su corazón que no late.Me abrazo a ella. La acaricio. La llamo. Luce. Ven, Luce. Soy yo. Ven. Por favor. Pero no obtengo respuesta. Miro al cielo, teñido de un negro profundo, donde las estrellas se han escondido y la luna no se ha honrado a aparecer.

No debí haberlo recordado. Se me contraen todos los músculos. Miro la gris lápida que tengo enfrente, donde se puede leer:

Luce Keynes.
Mi princesa, mi cielo, mi Sol.
La que siempre amaré.

Dejo una roja rosa sobre ella y sonrío. Pero no porque sea feliz. Sonrío para que ella me vea desde el cielo y pueda decir:
-Sí. Este es mi chico. Estoy orgullosa de ti.
Aunque sepa que eso jamás ocurrirá.
-Adiós Luce. Te prometo que pronto nos volveremos a encontrar. Como la primera vez que nos chocamos. ¿Recuerdas? Yo nunca lo olvidaré. ¿Sabes por qué?- me callo para que ella pueda darme esa silenciosa respuesta. El viento agita algunas ramas y las hojas forman un suave murmuro- Porque aquel fue el mejor día de mi vida.- hago una pequeña pausa y rozo con la yema de los dedos la gélida piedra- Te quiero, Luce.
Me detengo un segundo y tras enviar un beso al viento me marcho, con la real esperanza de que volveré a ver su mirada. De que volveré a oír su voz. De que volveré a sentir su calor.

La locura del señor Feigenbaum

30 de octubre, 1910
Confesión escrita del señor Albert Feigenbaum:

Podéis pensar que estoy loco. Podéis decir que lo que me llevó a actuar de tal manera fue la locura, pero, os equivocáis. Fue el amor. Sí, sí, el amor. No soy más que un Romeo que no quiso vivir sin su Julieta.
Y, si dudáis de mi palabra, aquí os relato mi historia; las conclusiones están en vuestras manos.

Febrero. Era una noche fría y húmeda y, la nieve todavía perduraba en las gélidas calles de Granada. Decidí que no me apetecía pasar la noche solo, así que entré en una de esas casas en las que puedes encontrar mujeres de compañía.
Pedí un baso de whisky y me lo sirvieron enseguida. Pagué y le dí un pequeño sorbo. Era el mejor whisky que había probado jamás. Empecé a vagar por mis pensamientos, cuando una bella dama entró por la puerta. Sonreía como un ángel y, casi no pude reprimir el intenso deseo de acariciar aquel largo y dorado pelo. Me regodeaba en la idea de poder hacerlo y, sería capaz de aprovechar cualquier oportunidad que se me plantara. Cualquiera. Su dulce olor a vainilla me embriagaba hasta la psicosis. Era mi propia heroína. Se acercó con un grácil movimiento que causó un revuelo en los pliegues del corto vestido de flores que vestía y, para mi sorpresa, pidió un whisky ¡un whisky! Increíble… ¿qué clase de dama bebía whisky?
Me quedé mirándola, imaginando que aquella hermosura era mía.
-Disculpe, eh…- hice una pausa para que pudiera revelarme su nombre.
-Catherine Mole. Pero puedes llamarme Cathy- añadió.
-Cathy, genial. Discúlpeme por mi atrevimiento pero… ¿Aceptaría una invitación a cenar?
-¿No preferiría cenar hoy? - se rió.
-Oh, no, no – respiré hondo-. Por cierto, mi nombre es Albert Feigenbaum.
-¿Eso es alemán?
-Sí, sí, es alemán pero, respecto a la cena…- las palabras se me escaparon por los labios.
-Sería un placer.
Me inundó tal júbilo que quería empezar a reírme como un histérico. Una lágrima se deslizó por mi mejilla del esfuerzo de no hacerlo.
-¿Mañana te parece bien?- pregunté.
-Sí, mañana está bien.
En aquel momento hubiera deseado gritar. Gritar hasta quedarme sin voz. Mis ojos se sobresalían ligeramente de su órbita en ese instante de total euforia.
Comencé a tamborilear la barra en un intento para que cesara el temblor de mi cuerpo pero, no podía. Cambié varios cientos de miles de veces mi postura en una tentativa de relajarme, pero la adrenalina recorría por mis venas al escuchar esa apasionada voz.

Apenas pude dormir aquella noche.
A la mañana siguiente, a eso de las doce y media, me dirigí hacia el Ayuntamiento, donde habíamos quedado mi preciosa dama y yo.
La encontré esperándome.
En ese preciso instante me dí cuenta de que la quería hacer mía en todos los sentidos posibles de la palabra. Mía. Mía. Y mía. Me deleitaba esa idea.
Caminamos hasta mi pequeña casa. Ya dentro, le enseñé todas las habitaciones, dejando para el final mi aposento. Allí lo tenía guardado todo. Y, con ello, me refiero a mis secretos, mis pecados, mis joyas, mi dinero…
Me quedé observando sus reacciones. A veces sonreía, otras veces se le dibujaba esa extraña mirada... de vez en cuanto tocaba esto y otro…
Sin embargo, cuando entramos en mi alcoba cambió totalmente. Comenzó a indagar por mis objetos. Metía la mano allí por donde no debía. ¡No debía, maldita sea! ¿Por qué lo hizo, entonces? Porque quería robarme…
¡Mi amada me mintió! ¡Fingió amarme para luego…!
¿Cómo pude ser tan ingenuo de creerme que me quería? Pero lo hice. Caí en su trampa. Empero, no iba a dejar que aquella cualquiera fuera a saquearme.
-Te he pillado- solté bruscamente.
-¿Qué?- seguía sonriendo, fingiendo que no entendía nada…
-Te he pillado, Cathy. Te he pillado- poco a poco fui alzando la voz y, acabé gritando- ¡Te he pillado, Catherine Mole!
Me reí, fausto de no ser uno más de sus víctimas porque, estoy seguro de que yo no era el primero al que engañaba.
-¿Pillado? ¿De qué hablas, Albert?
-No finjas, querida. Ya no hace falta- dije tranquilamente, vocalizando cada sílaba.
-¿Fingir?- frunció el ceño- Oye, lo siento pero, tengo que irme…
-¿Irte? ¿Si acabas de llegar!- cogí una botella de whisky que guardaba en un armario y llené dos vasos- ¡toma y disfruta!
-No, Albert. Me estás dando miedo. Quiero irme.
Se dio la vuelta y se dirigió a la entrada. Yo mantenía los dos vasos en las manos. Vi cómo mi Julieta quería abandonarme. Las manos me sudaban y las tenía frías. Quise decir algo, pero no pude.
Apreté con fuerza las manos y, lancé uno de aquellos pequeños tesoros de cristal. El whisky se derramó al vuelo y el vaso la dio a ella en la nuca. Cayó de bruces y, corrí a por ella, temiendo haberla matado.
La grisácea moqueta había sido teñida de un rojo escarlata.
Me agaché y le dí la vuelta. Aún estaba viva.
-Cuando…- susurró- cuando salga de aquí… te juro que haré que te pudras en la… en la cárcel.
-Lo siento, me enfadé y…
-Lo haré, Albert. Irás a la cárcel.
Cárcel… yo no quería ir a la cárcel.
La ira se apoderó de mí y tuve el valor de posar mis dedos sobre su cuello. Y los oprimí contra su suave y lisa piel blanquecina.
Después de unos segundos, su cabeza cayó a un lado y sus ojos se quedaron mirando fijamente la pared.
¿Qué había hecho? ¡Había matado a mi amada!
Me entró tal pánico que tuve que dar varias vueltas a la estancia para relajarme. Y después…

Después la llevé a la cocina y la puse sobre la alfombra que cubría el suelo de madera. Cogí un puñal y le amputé un dedo. Su dúctil y cálida sangre brotó y saltó sobre mis brazos. Quedaron así en ellas dibujados pequeños círculos bermejos. Me provocó un placer que no me esperaba. Aunque al principio me costó aceptar, me dí cuenta de que aquello más que una sagacidad era arte. Un arte que no muchos aceptarían.
Así que le amputé los demás dedos. Y después fui cortándola poco a poco, troceándola. Pero dejé su cabeza intacta con su rubio cabello que, para entonces estaba manchado de carmesí y, la metí en el frigorífico.
Su cuerpo troceado lo quemé en la chimenea. No quedó ni rastro…”


(En el tribunal de Granada, después de leer la confesión de Albert)

-¡Dio mío!- musitó el juez.
-Sí, es horrible- añadió el jurado.
Hicieron una pausa y, el juez miró al inspector que había atrapado a Feigenbaum.
-¿Tiene usted algo que decir?
-Sí- afirmó- yo fui quien lo detuvo.
-¿Y cómo sucedió?
-Verás, nosotros estábamos investigando el caso de la señorita Catherine Mole y, todo indicaba que Albert era el asesino. Fuimos…- cerró los ojos con fuerza, para aguantar las lágrimas.
-¿Sí…?
-Irrumpimos en su casa.-dijo- no debimos.
-¿Porqué, inspector?
-¡La estaba acariciando!- gritó.
-¿A ella? Pero estaba muerta. ¿Cómo es eso posible?
-¡Acariciaba su cabeza! ¡Se la arrancó!


“DIARIO DE GRANADA1 de noviembre de 1910
Hace dos días se dio a conocer la sentencia de Albert Feigenbaum, declarado culpable por el asesinato cometido diez meses atrás. Se le condenó a cadena perpetua y ayer fue trasladado a la cárcel de Carabanchel.No obstante, hoy por la mañana su celda ha aparecido vacía…”

Plus rien ne m'étonne, ya nada me asombra.

Me gustaría explicaros la razón por la que escribo sobre ésto. Sé que desde aquí poco puedo hacer, pero al menos, es algo.
Éste último mes se puso en marcha una vez más la campaña 'SOS Sahara', en la que cualquier persona puede donar comida y otros tipos de productos básicos (como compresas) a los refugiados saharauis. Me gustaría agradecerles con todo mi alma por lo que están haciendo no sólo los que llevan la comida hasta los necesitados, sino que también a todas esas personas que aún estando en éstos tiempos difíciles, aportan su granito de arena.

GRACIAS. 


Y aunque intento ver el lado bueno de todo, aunque procuro sonreír cada vez que puedo, hay veces en la que se me cae la cara de tristeza y de profunda vergüenza.
Ya no es sólo que finjamos ser los reyes de la Tierra, ahora ya eso no basta, necesitamos más, y queremos ser sus dioses, decidir quién vive. Decidir quién muere.
Pedimos que se respeten nuestros derechos, que no nos corten las alas, porque nos gusta volar y sentir esa libertad que tanto nos costó conseguir. Fueron cientos de años, sí, de duro trabajo. Y fracasamos una y otra vez, se derramó mucha sangre y nos dolió más de lo que jamás vayamos a aceptar.
Y ahora que lo conseguimos, ahora que podemos decir lo que pensamos, ahora que tenemos qué dar a nuestros hijos para que crezcan, para que puedan ser felices, se lo negamos a los demás. A los que, no sé, por cualquier extraña razón, decidimos apartar. A aquellos que trabajan para que tú y yo nos vitamos, para que podamos disfrutar de la música, para que podamos dormir en nuestras camas, para que podamos taparnos con la manta y decir 'de aquí no me muevo', porque así nos sentimos como en el cielo.

Y aquella gente, más honrada que la mayoría que vive a tu alrededor, no tiene nada. Viven en guerras que ni siquiera ellos comenzaron. Ven a su gente morir porque nosotros no queremos perder nuestra superior y exagerado estilo de vida. Ellos no saben la razón por la que se les puso armas en las manos y se les obligó a luchar por su tierra, que se les fue robada si previo aviso, sin saber por qué. Y algunos logran escapar y llegar aquí, a lugares en los que, tal vez, con algo más de suerte, tengan la oportunidad de tener un hogar, de ganar dinero y sacar a sus familias de la miseria, de la hambruna crónica y muerte asegurada antes de siquiera superar la mayoría de edad. Pero aquí se les niega la entrada, como si no fueran más que basura que hay que reciclar.
Y menos mal, digo gracias a que haya gente que al menos impida ésto, que les dan algo de comer y los sanan. Porque ellos solo quieren agua limpia, algo de comer y una pequeña casa.

Y no sé qué que me entran ganas de llorar cuando los veo. No puedo imaginar lo que sería mi vida si hubiera nacido donde ellos nacieron. No sé, no sé. Es complicado, pero a la vez no lo es, porque sólo se trata de un mundo dividido entre los pobres y los que tienen todo el poder.

Por eso, cada vez que abro los ojos y veo pequeños gestos dirigidos a todas esas personas a las que olvidamos recordar, sonrío a mis adentros, y pienso que sí, que dentro de nosotros comenzó a crecer una semilla que, con mucho esfuerzo, se convertirá en la flor más hermosa que jamás habrás visto. Y sí, la llamaremos Ingualdad.
Gracias a todos los que alguna vez os acordasteis de los arrinconados.

jueves, 26 de enero de 2012

1922

Era una noche fría y silenciosa, sin viento que azotara las destartaladas farolas de metal oxidado. Salí a la calle a pasear como de costumbre por las viejas calles de París, sin rumbo fijo. El humo del cigarrillo se enredaba con las solitarias aceras, revoloteando junto a mis ojos. Me perdí en mis pensamiento, sin prestar mucha atención a dónde me dirigía.
Seguí mis pasos hasta que me encontré frente a un edificio anticuado, deslucido por los años que llevaba en pie. Curiosa, me fijé en el cartel de madera que colgaba de la fachada desgastada. En realidad no recuerdo el nombre que se leía en aquel letrero, pero puedo asegurar que era, sin duda, ingenioso. Y no sé si se debió a la insólita tranquilidad del lugar o a que mis mejillas comenzaban a helarse, pero decidí que entrar en aquel bar no sería mala idea.
Exhalé el último pico del cigarro y lo tiré al suelo, a un paso de mí, para pisarlo con un leve giro de tobillo.
Tan pronto como abrí la puerta me embriagó un fuerte olor a whisky barato que se confundía con el del tabaco.
Me dirigí con paso firme a la barra y me senté en una banqueta con la tela de cuero descolorida por el excesivo uso. Al acercarse el camarero, quien estaba bien entrado en sus años de madurez, pedí que me sirviera lo mejor que tenían.

Encendí otro pitillo.
El bar mostraba el forzado intento del dueño en convertir aquel antro en un lugar agradable donde pasar el tiempo. Había unas cuantas matrículas y pósteres que anunciaban bailes exóticos y can-canes pegadas a la pared desordenadamente, como si la finalidad de éstos fuera ocultar el amarillento color de los muros que un día fueron blancos. Más allá, bajando un par de escaleras, habían puesto unas destartaladas mesas con la intención de que pareciera un comedor, con cuadros de paisajes verdosos y sillas que no encajaban en el lugar, la mayoría diferentes unos de otros.
En el otro extremo había colocados varias máquinas traga-perras y un pequeño billar.
Sobre mí se suspendía una lámpara de cristal que apenas alumbraba, pero no le presté atención. Aquel sitio era un verdadero criadero de borrachos y adictos al juego.

El camarero me extendió una copa con lo que parecía ser vino tinto. A decir verdad, me sorprendió que un lugar como aquel tuviera vino. Saqué mi monedero y dejé allí unos centavos. Puse la copa entre mis manos y luego le di un sorbo. Sabía a rancio y estaba caldoso, pero reprimí las angustiosas arcadas y le di un largo trago.
Pronto comencé a sentir el hormigueo de su efecto, así que me tomé el resto.
Se me acercó entonces un señor bien vestido y se sentó a mi lado. Hasta entonces no me había dado cuenta de que no era la única que había elegido aquel lugar para matar las insoportables horas de la noche.
Si mi memoria no me falla, aquel hombre se hacía llamar Rousseau. Era pretencioso pero muy amable, y su profunda voz tenía algo que me confundía por completo, como si no encajara con su físico, que rozaba lo plausible. Me convenció para que me quedara un poco más y me invitó a otra copa. Sabía que no debía acceder a su propuesta, ya que se veía en sus ojos que lo que realmente quería era hacerme el amor y después desaparecer.
Pero, ¿saben qué?
Acepté con gusto.