30 de octubre, 1910
Confesión escrita del señor Albert Feigenbaum:
“Podéis pensar que estoy loco. Podéis decir que lo que me llevó a actuar de tal manera fue la locura, pero, os equivocáis. Fue el amor. Sí, sí, el amor. No soy más que un Romeo que no quiso vivir sin su Julieta.
Y, si dudáis de mi palabra, aquí os relato mi historia; las conclusiones están en vuestras manos.
Febrero. Era una noche fría y húmeda y, la nieve todavía perduraba en las gélidas calles de Granada. Decidí que no me apetecía pasar la noche solo, así que entré en una de esas casas en las que puedes encontrar mujeres de compañía.
Pedí un baso de whisky y me lo sirvieron enseguida. Pagué y le dí un pequeño sorbo. Era el mejor whisky que había probado jamás. Empecé a vagar por mis pensamientos, cuando una bella dama entró por la puerta. Sonreía como un ángel y, casi no pude reprimir el intenso deseo de acariciar aquel largo y dorado pelo. Me regodeaba en la idea de poder hacerlo y, sería capaz de aprovechar cualquier oportunidad que se me plantara. Cualquiera. Su dulce olor a vainilla me embriagaba hasta la psicosis. Era mi propia heroína. Se acercó con un grácil movimiento que causó un revuelo en los pliegues del corto vestido de flores que vestía y, para mi sorpresa, pidió un whisky ¡un whisky! Increíble… ¿qué clase de dama bebía whisky?
Me quedé mirándola, imaginando que aquella hermosura era mía.
-Disculpe, eh…- hice una pausa para que pudiera revelarme su nombre.
-Catherine Mole. Pero puedes llamarme Cathy- añadió.
-Cathy, genial. Discúlpeme por mi atrevimiento pero… ¿Aceptaría una invitación a cenar?
-¿No preferiría cenar hoy? - se rió.
-Oh, no, no – respiré hondo-. Por cierto, mi nombre es Albert Feigenbaum.
-¿Eso es alemán?
-Sí, sí, es alemán pero, respecto a la cena…- las palabras se me escaparon por los labios.
-Sería un placer.
Me inundó tal júbilo que quería empezar a reírme como un histérico. Una lágrima se deslizó por mi mejilla del esfuerzo de no hacerlo.
-¿Mañana te parece bien?- pregunté.
-Sí, mañana está bien.
En aquel momento hubiera deseado gritar. Gritar hasta quedarme sin voz. Mis ojos se sobresalían ligeramente de su órbita en ese instante de total euforia.
Comencé a tamborilear la barra en un intento para que cesara el temblor de mi cuerpo pero, no podía. Cambié varios cientos de miles de veces mi postura en una tentativa de relajarme, pero la adrenalina recorría por mis venas al escuchar esa apasionada voz.
Apenas pude dormir aquella noche.
A la mañana siguiente, a eso de las doce y media, me dirigí hacia el Ayuntamiento, donde habíamos quedado mi preciosa dama y yo.
La encontré esperándome.
En ese preciso instante me dí cuenta de que la quería hacer mía en todos los sentidos posibles de la palabra. Mía. Mía. Y mía. Me deleitaba esa idea.
Caminamos hasta mi pequeña casa. Ya dentro, le enseñé todas las habitaciones, dejando para el final mi aposento. Allí lo tenía guardado todo. Y, con ello, me refiero a mis secretos, mis pecados, mis joyas, mi dinero…
Me quedé observando sus reacciones. A veces sonreía, otras veces se le dibujaba esa extraña mirada... de vez en cuanto tocaba esto y otro…
Sin embargo, cuando entramos en mi alcoba cambió totalmente. Comenzó a indagar por mis objetos. Metía la mano allí por donde no debía. ¡No debía, maldita sea! ¿Por qué lo hizo, entonces? Porque quería robarme…
¡Mi amada me mintió! ¡Fingió amarme para luego…!
¿Cómo pude ser tan ingenuo de creerme que me quería? Pero lo hice. Caí en su trampa. Empero, no iba a dejar que aquella cualquiera fuera a saquearme.
-Te he pillado- solté bruscamente.
-¿Qué?- seguía sonriendo, fingiendo que no entendía nada…
-Te he pillado, Cathy. Te he pillado- poco a poco fui alzando la voz y, acabé gritando- ¡Te he pillado, Catherine Mole!
Me reí, fausto de no ser uno más de sus víctimas porque, estoy seguro de que yo no era el primero al que engañaba.
-¿Pillado? ¿De qué hablas, Albert?
-No finjas, querida. Ya no hace falta- dije tranquilamente, vocalizando cada sílaba.
-¿Fingir?- frunció el ceño- Oye, lo siento pero, tengo que irme…
-¿Irte? ¿Si acabas de llegar!- cogí una botella de whisky que guardaba en un armario y llené dos vasos- ¡toma y disfruta!
-No, Albert. Me estás dando miedo. Quiero irme.
Se dio la vuelta y se dirigió a la entrada. Yo mantenía los dos vasos en las manos. Vi cómo mi Julieta quería abandonarme. Las manos me sudaban y las tenía frías. Quise decir algo, pero no pude.
Apreté con fuerza las manos y, lancé uno de aquellos pequeños tesoros de cristal. El whisky se derramó al vuelo y el vaso la dio a ella en la nuca. Cayó de bruces y, corrí a por ella, temiendo haberla matado.
La grisácea moqueta había sido teñida de un rojo escarlata.
Me agaché y le dí la vuelta. Aún estaba viva.
-Cuando…- susurró- cuando salga de aquí… te juro que haré que te pudras en la… en la cárcel.
-Lo siento, me enfadé y…
-Lo haré, Albert. Irás a la cárcel.
Cárcel… yo no quería ir a la cárcel.
La ira se apoderó de mí y tuve el valor de posar mis dedos sobre su cuello. Y los oprimí contra su suave y lisa piel blanquecina.
Después de unos segundos, su cabeza cayó a un lado y sus ojos se quedaron mirando fijamente la pared.
¿Qué había hecho? ¡Había matado a mi amada!
Me entró tal pánico que tuve que dar varias vueltas a la estancia para relajarme. Y después…
Después la llevé a la cocina y la puse sobre la alfombra que cubría el suelo de madera. Cogí un puñal y le amputé un dedo. Su dúctil y cálida sangre brotó y saltó sobre mis brazos. Quedaron así en ellas dibujados pequeños círculos bermejos. Me provocó un placer que no me esperaba. Aunque al principio me costó aceptar, me dí cuenta de que aquello más que una sagacidad era arte. Un arte que no muchos aceptarían.
Así que le amputé los demás dedos. Y después fui cortándola poco a poco, troceándola. Pero dejé su cabeza intacta con su rubio cabello que, para entonces estaba manchado de carmesí y, la metí en el frigorífico.
Su cuerpo troceado lo quemé en la chimenea. No quedó ni rastro…”
(En el tribunal de Granada, después de leer la confesión de Albert)
-¡Dio mío!- musitó el juez.
-Sí, es horrible- añadió el jurado.
Hicieron una pausa y, el juez miró al inspector que había atrapado a Feigenbaum.
-¿Tiene usted algo que decir?
-Sí- afirmó- yo fui quien lo detuvo.
-¿Y cómo sucedió?
-Verás, nosotros estábamos investigando el caso de la señorita Catherine Mole y, todo indicaba que Albert era el asesino. Fuimos…- cerró los ojos con fuerza, para aguantar las lágrimas.
-¿Sí…?
-Irrumpimos en su casa.-dijo- no debimos.
-¿Porqué, inspector?
-¡La estaba acariciando!- gritó.
-¿A ella? Pero estaba muerta. ¿Cómo es eso posible?
-¡Acariciaba su cabeza! ¡Se la arrancó!
“DIARIO DE GRANADA1 de noviembre de 1910
Hace dos días se dio a conocer la sentencia de Albert Feigenbaum, declarado culpable por el asesinato cometido diez meses atrás. Se le condenó a cadena perpetua y ayer fue trasladado a la cárcel de Carabanchel.No obstante, hoy por la mañana su celda ha aparecido vacía…”