Era un caluroso día de verano, más caluroso que de costumbre, aunque la leve brizna que zarandeaba con suavidad las hojas de los árboles diera un respiro al ahogado ambiente.
El sofocante sol de aquel día tan extraño.
Un coche viejo aparcó justo frente donde estaba yo senata, leyendo, bajo la sombra de mi caravana. Me fijé en las curiosas letras de la matrícula; BFF, que son el acrónimo del inglés best friend forever -mejor amigo para siempre-. Me hizo tanta gracia que dejé mi lectura a un lado y observé a los pasajeros de aquel coche de un desgastado azul marino.
La puerta del conductor se abrió y un hombre de mediana edad, bien entrado en los cuarenta -incluso tal vez en sus tempranos cincuenta-, vestido con un polo viejo que una vez había sido de color naranja suave, con delgadas líneas grises, unos pantalones cortos beiges y unos calcetines blancos subidos poco más alto que los tobillos bajo unas zapatillas deportivas de belcro salió de aquel vehículo.
Era alto, aunque justo al final de la espalda le salía un bulto, como una pequeña chepa, probablemente causado por las incontables horas diarias trabajando sentado en una oficina. Estaba un poco relleno y deduje que sería por la mala alimentación y la falta de ejercicio. Su cara era alargada y angulosa, con una nariz aguileña y una mirada acusadora. El pelo rizado y moderadamente negro comenzba a teñirse de unos brillantes grises y blancos.
Después salió una mujer por la puerta del copiloto, pero apenas me dio tiempo a obserarla; la verdad es que he de decir que no era lo que se dice guapa. Pero me fijé en su curioso modo de vestir, algo anticuado; llevaba una camiseta sin mangas de un naranja chillón y unos vaqueros oscuros que le llegaban un poco más alto que el tobillo. Empero, no se le veían las piernas, ya que llevaba unos altos calcetines negros con unas zapatillas blancas. Ella era regordeta, algo más que su pareja, con unas caderas muy anchas y unos brazos potentes. En fin, que estaban hechos el uno para el otro.
No podría describir más sobre ella ya que tan pronto como ella pisó tierra firme, también lo hizo un niño de unos siete u ocho años que salió por la puerta de atrás del conductor. Era rubio, muy pálido y delgado y vestía una camiseta roja y unos pantalones blanco roto. Sus zapatillas eran muy cantosos, de un azul totalmente artificial. Parecía estar feliz y nervioso, ya que no podía estarse quieto. Correteó de aquí para allá mientras su madre, de espaldas a mí, se fijaba en la caseta que habían alquilado, con los pies abiertos y las manos apoyadas en aquellas caderas. El padre, a su vez, sacaba maletas, bolsas y todo tipo de cosas para meterlos en la cabaña. En seguida la mujer acudió en su ayuda.
Dijeron un par de cosas, aunque yo desde donde estaba no fui capaz de entender. Los dos adultos entraron en su temporal vivienda con las manos repletas de cosas y el niño los siguió muy de cerca, aunque salió de inmediado, gritando para que sus padres le oyeran.
-¿Dónde está el ordenador? ¿Está en el coche?
-Pero, ¿acaso lo necesitas ahora?- le espetó su padre, con una sonrisa apagada en los labios.
El niño buscó en el asiento trasero y, mientras estaba en su labor, le dijo a su padre:
-¡Aquí no está, papá!
Éste murmuró algo mientras buscaba otra cosa en el asiento del copiloto, y seguidamente el niño, triunfante, salión con su ordenador envuelto en un estuche azul y negro, burlándose juguetonamente:
-¡Te he engañado, papá! ¡Está aquí! ¡Te he engañado!
El padre no le hizo caso, por lo que el niño repitió al juego, y entonces sí que respondió, aunque distraídamente, como si no le interesara ni un ápice el juego de su hijo.
-Ah, qué bien. Me has engañado.- su voz sonaba tan seca y falsa que me impactó.
Con más cosas en las manos, volvió a entrar en la casa con el niño pegado a los talones.
Unos minutos más tarde, el padre salió sin camiseta, y advertí que el polo disimulaba bien su acentuada barriga.
De repente, una mujer joven, de unos veinte años -si es que llegaba a esa edad-, pasó frente a ambos. Era guapa, la verdad, con los cabellos negros y lisos y los pómulos bien definidos. Tenía un cuerpo esbelto, de atleta diría yo, y se dejaba entrever el ombligo bajo una camiseta de deporte muy ajustada.
Y aquel hombre que parecía tan mediocre, le echó una mirada significativa. Yo misma aseguraría que se había fijado en los pechos de aquella mujer desconocida, lo que me produjo tal repulsión que no pude evitar hacer una mueca. Vi su cara de regocijo y excitación, su postura supuestamente seductora, incluso cómo la siguió con la mirada cuando ésta se marchó.
Y luego se marchó sin más, muy satisfecho de sí mismo, después de echar un vistazo al cielo que ahora surcaban algunas pocas nubles blancas y esponjosas.
Nota mía: Ésta también es una historia verídica, y ésta vez no tiene ningún cincelado de mi imaginación. Espero que hayáis podido disfrutarlo, al menos, un poquito.