miércoles, 12 de septiembre de 2012

Aquella niña entusiasta


Las nubes habían decidido cubrir un cielo que hasta entonces se mostró de un azul eléctrico, mientras el sol, a su vez, calentaba las tierras de aquel pueblucho que apenas llegaría a los mil habitantes. Empero, como todos los veranos, su populación había crecido considerablemente y las calles estaban repletas de turistas. He de aclarar que yo no me consideraba uno de ellos, teniendo en cuenta que año tras año he viajado hasta allí para disfrutar del aire limpio y las bellas vistas de las altas montañas desde que no era más que una niña.
Así de bonito estaba el cielo cuando empezó a oscurecer.

Aquel día no me sentía por la labor de hacer nada, por lo que me senté en un café de la plaza del pueblo a observar a toda aquella masa de gente que iba y venía, probablemente agenos al maravilloso entorno que les rodeaba. Pedí un café y en seguida me lo trajeron.
Me había dado cuenta que en los últimoas años los turistas "de ciudad" había incrementado exageradamente, lo cual no es que me agradara mucho; aqella gente no iba más que a vaguear y a no hacer nada, ponerse unas zapatillas de deporte y patear apenas un kilómetro en las increíbles montañas que los rodeaban para después alardear de haber "entrado en contacto con la naturalez" y todas esas memeces que hoy en día están tan de moda. 

Vi unas cuantas parejas como las que os acabo de describir, otras cuantas familias y algunas jóvenes que no tendrían más que dieciséis años. Pero, entre toda ésta gente superficial e incomprendida, mi vista se topó con una niñita de cabellos castaños muy brillantes recogidos en una desordenada coleta, de ojos oscuros y tez algo pálida. Saltaba y brincaba de aquí para allá, agarraba la mano de su madre y luago la de su padre, se paraba, miraba en derredor y volvía a lo suyo. Al principio no me di cuenta de lo que aquella muchacha intentaba hacer, pero en seguida lo entendí, al observar más detenidamente el comportamiento del padre y de la madre; iban algo separados el uno del otro, cada uno sumido en sus respectivos mundos, distraídos con los escaparates de las tiendas, la gente que se sentaba en las mesas de las terrazas de los bares,  sin ni siquiera ofrecerse una insignificante mirada. De hecho, parecían evitarse. Y la niñita, tan grácil, tan inocente, cogía la mano de su papá y la acercaba a la de su madre. Cuando uno de ellos se adelantaba, con un gracioso gesto lo obligaba a parar hasta que el otro se acercaba.
Se alejaron un poco de donde yo me colocaba, así que apresuré un último sorbo, dejé algunas monedas y me encaminé hacia la curiosa familia con todo el disimulo que me fue posible emplear.
Los seguí unos cien metros, no más, y luego, entre toda la gente que caminaba aquel día que comenzaba a llegar a su fin, los perdí. 
Sin embargo, hasta el último momento que mis ojos se aferraron a aquella jovencita, ella no dejó de intentar con todo su entusiasmo que sus padres, sea lo que fuere por lo que se ignoraban, se unieran de nuevo.


Una nota: ésta historia es completamente cierta... bueno, excepto el detalle que me estaba tomando un café. En realidad estaba sentada en un banco, pero eso no queda tan "poético". Nada, chorradas mías.
¡Espero que os guste!

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