Al
despertar, mis hombros son atacados por el agotamiento de la noche
anterior. Entorno los párpados por la intensidad de la luz solar que
se filtra por las largas y blancas cortinas, las cuales esconden,
vacilantes, el amplio ventanal que me regala unas preciosas vistas al
mar. Me levanto con cuidado, procurando no despertar a la hermosa
mujer que aún duerme, de costado, entre las sábanas; para ella
también fue una dura noche.
Abro las
ventanas y la fresca brisa matinal acaricia mi piel. Me empapo del
familiar olor a salitre que emana el mar, el murmullo de las olas y
las tenues voces de las pocas personas que caminan por la playa.
Tras volver
a cerrar los traslúcidos cristales, me alejo del mundo exterior para
arrodillarme junto a esta bella mujer que, al verla así, tan
tranquila, no puedo evitar suspirar. Acaricio su mejilla derecha y la
beso en la frente; está ardiendo, cosa que durante los últimos
meses se ha vuelto algo muy habitual. Me acerco al guardarropa
donde de la balda superior cojo una manta de terciopelo azul
marino. La coloco sobre ella, asegurándome de que está bien tapada.
Sé que debo
ir a la cocina y preparar el desayuno, además de que tengo
muchísimas cosas que hacer antes de que ella se despierte; sin
embargo, algo dentro de mí me impide dejarla allí, sola. Al final
acepto mi situación y abandono la habitación, no sin antes echar un
vistazo hacia su pequeña y rubia cabecita.
