Hay veces
en las que un horrible sentimiento de
culpabilidad
me arrastra hacia remotos lugares
con sus frías y sucias garras
clavadas en mis hombros,
torpes y pesadas,
pero fuertes y legendarias
que no sueltan mi piel desgarrada
hasta llegar a un lugar oscuro y
helado.
El eco de mis gritos
se arremolina en mis oídos,
una voz desconocida,
ajena.
Y me siento tan desolada
y cansada
que solo puedo acurrucarme en el sucio
suelo de roca mojada
y permitir que mis párpados se
entornen
y comience un viaje infinito
e incomprensible.
Un viaje que a veces es horrible
y otras veces placentero.
Y tras llantos y llantos
y puñales de desesperación,
desisto de mis recuerdos
y de mis sentidos.
Porque es así,
vacía e incompleta,
ignorante,
deprimente,
banal
como el mundo me acepta.
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