Alrededor
de las 2:45 de la madrugada del 8 de febrero de 1987, un testigo
ocular vio, desde la ventana de su casa, a un hombre caminando
cabizbajo por la Avenida Fitzgerald.
Aquella
noche los truenos retumbaban en el cielo y la lluvia caía con
pesadez. En las irregularidades de la pavimentación de esa misma
calle se habían formado decenas de pequeños charcos, donde se
reflejaban las ambarinas luces de las farolas. La temperatura
descendía sin cesar.
Los zapatos
del señor M. rozaban la acera con cada paso que daba, rasgando la
suave piel de las mismas. La mente de dicho hombre permanecía en un
estado de lúgubre meditación, lo cual formaba profundos surcos en
su frente y lo envolvía en un aura obscura. Llevaba así varios
días, desde que supo sobre...
Una manzana
más allá pudo ver un luminoso cartel donde se podía leer “Hotel
Leeroy” con letras rojizas y, bajo las mismas, “Abierto”,
colgado en la fachada de un ruinoso edificio. Suspiró.
Empujó las
chirriantes puertas del hotel y el repentino incremento de
temperatura empañó sus gafas. Se las quitó y se frotó los ojos,
algo aturdido. Le costaba respirar y apenas llegaba a distinguir a
las personas que se encontraban en el hall. Volvió a colocar los
anteojos en su sitio tras hacer un vago intento de limpiarlos.
El alumbrado
era escaso, tenue. La estancia daba vueltas a su alrededor. Sacó un
pañuelo arrugado de tela blanca para secar su sudorosa frente.
Respiró hondo varias veces antes de ser consciente del entorno.
Primero se percató del penetrante olor a polvo que emanaba la
moqueta que antaño había sido roja. Los gritos de histeria de la
gente allí presente resonaban en las paredes de falso mármol,
creando un reticente murmullo que despistaba al señor M. Este apretó
los labios en una tensa línea, reclinó la cabeza e, ignorando al
anciano que se escondía tras la barra de recepción y que le
señalaba con un rifle, se apresuró hacia las escaleras situadas a
su izquierda.
Mientras
subía los escalones de dos en dos se obligó a sí mismo a recordar
lo que había leído en la nota que había encontrado en la papelera
de su casa hacía exactamente 6 días.
“ Hotel
Leeroy, habitación 214. Sábado 7, 2:30 a.m.”
Llegó al
octavo piso y paró en seco. En una placa metálica colocada en la
pared donde cualquiera pudiera verlo se podía leer “Habitaciones
200-220”. Irguió su espalda y echó a andar por aquel pasillo
viejo y apestoso.
Caminaba
despacio pero con paso seguro. 200, 201.
Una torcida sonrisa escapó por sus secos labios. 202, 203.
Rascó su incipiente barba, distraído. 204, 205.
Un mechón de pelo grasiento se posó en los sucios cristales de las
gafas. 206, 207. Su
corazón aceleraba con cada paso que daba; la adrenalina corría por
sus venas. 208, 209. Ya
casi estaba. 210, 211. Dos
habitaciones más. 212, 213.
Se colocó frente a la puerta grotescamente pintada de color crema,
los números 2, 1 y 4 dibujados de negro justo sobre la mirilla.
Te tengo.
Te tengo y pagarás por tus pecados. Pagarás por tu insolencia.
Pagarás por faltarme el respeto. Sucia perra.
Tocó
la puerta con los nudillos tres veces.
Eres mía.
Volvió a llamar.
Vamos,
vamos.
Esta vez dio cinco golpes con el puño.
-¡Abre la puta puerta!- rugió.
Un joven de unos veinticinco años, cabello dorado y ojos
intensamente azules, ataviado únicamente con una bata de seda gris
abrió la puerta, mano derecha en el pomo y la izquierda en el
corazón.
-¿A qué viene esta vejación?- con el ceño fruncido, el muchacho
desafió la mirada del señor M., hasta que vio lo que el intruso
sujetaba en su mano derecha.
-No tengo tiempo para tonterías, chico.- lo apartó a un lado con un
empujón.
Penetró en la habitación, se quitó la mojada chaqueta y la tiró
al suelo. Se aclaró la garganta y miró fijamente a su esposa,
tumbada en la cama, desnuda, medio tapada con unas sábanas de
flores.
Las paredes eran de un pálido beige, oscurecidas en las esquinas por
la humedad. La cama se situaba frente a la puerta de la entrada, con
la cabecera pegada a una pequeña ventana que en aquellos instantes
tenía las cortinas echadas. Estas tenían bordados unos elaborados
dibujos geométricos. Solo estaba encendida la lámpara de la
mesilla. Las gotas de lluvia golpeaban la ventana con insistencia. El
ventilador que colgaba del tejado hacía un ruido mecánico con cada
pausado giro que daba. Un perro ladraba en la calle. Alguien gritaba
en el pasillo.
-Hola, cielo.- susurró el señor M.
¡Bang!
¡Bang!
¡Bang!
Tres balas.
Una en el pecho.
Otra en la frente.
La última por puro goce.
Se oyó un ruido sordo cuando el revólver cayó al suelo.
Todo quedó en silencio.
El señor M. se limpió la mejilla con la manga de la camisa, la cual
quedó teñida de carmesí. Giró sobre sus talones y observó al
joven de la bata gris.
-Buenas noches.
El señor M. salió de la habitación y nadie lo volvió a ver
jamás.