martes, 24 de septiembre de 2013

El dulce olor a café amargo

Es curioso cómo todos formamos un uno imperfecto con nuestros recuerdos y experiencias, cómo formamos un libro inacabado que cambia día a día mientras evolucionamos en diferentes direcciones.

A veces me gustaría leer la última página de esa obra incompleta, revelar lo desconocido y poder disfrutar de lo presente. Sin embargo, como con un libro ya finalizado, al instante en el que acabo de leer el final, me quedo sin nada más que sentir, sin personajes que amar u odiar, sin lugares que conocer, sin momentos que gozar.
Y me doy cuenta de que ahí se esconde el secreto de vivir; en fascinarse por la ambigüedad de la vida,  en lo relativo que resultan los hechos que a diario tomamos por ordinarios como el dulce olor a café amargo, el agua templado que acaricia mi piel …
Y me siento a gusto con la vida misma.
Me siento en armonía con el resto del mundo.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Tres

           Alrededor de las 2:45 de la madrugada del 8 de febrero de 1987, un testigo ocular vio, desde la ventana de su casa, a un hombre caminando cabizbajo por la Avenida Fitzgerald.
Aquella noche los truenos retumbaban en el cielo y la lluvia caía con pesadez. En las irregularidades de la pavimentación de esa misma calle se habían formado decenas de pequeños charcos, donde se reflejaban las ambarinas luces de las farolas. La temperatura descendía sin cesar.

     Los zapatos del señor M. rozaban la acera con cada paso que daba, rasgando la suave piel de las mismas. La mente de dicho hombre permanecía en un estado de lúgubre meditación, lo cual formaba profundos surcos en su frente y lo envolvía en un aura obscura. Llevaba así varios días, desde que supo sobre...
Una manzana más allá pudo ver un luminoso cartel donde se podía leer “Hotel Leeroy” con letras rojizas y, bajo las mismas, “Abierto”, colgado en la fachada de un ruinoso edificio. Suspiró.

     Empujó las chirriantes puertas del hotel y el repentino incremento de temperatura empañó sus gafas. Se las quitó y se frotó los ojos, algo aturdido. Le costaba respirar y apenas llegaba a distinguir a las personas que se encontraban en el hall. Volvió a colocar los anteojos en su sitio tras hacer un vago intento de limpiarlos.
El alumbrado era escaso, tenue. La estancia daba vueltas a su alrededor. Sacó un pañuelo arrugado de tela blanca para secar su sudorosa frente. Respiró hondo varias veces antes de ser consciente del entorno. Primero se percató del penetrante olor a polvo que emanaba la moqueta que antaño había sido roja. Los gritos de histeria de la gente allí presente resonaban en las paredes de falso mármol, creando un reticente murmullo que despistaba al señor M. Este apretó los labios en una tensa línea, reclinó la cabeza e, ignorando al anciano que se escondía tras la barra de recepción y que le señalaba con un rifle, se apresuró hacia las escaleras situadas a su izquierda.

Mientras subía los escalones de dos en dos se obligó a sí mismo a recordar lo que había leído en la nota que había encontrado en la papelera de su casa hacía exactamente 6 días.

Hotel Leeroy, habitación 214. Sábado 7, 2:30 a.m.

Llegó al octavo piso y paró en seco. En una placa metálica colocada en la pared donde cualquiera pudiera verlo se podía leer “Habitaciones 200-220”. Irguió su espalda y echó a andar por aquel pasillo viejo y apestoso.
Caminaba despacio pero con paso seguro. 200, 201. Una torcida sonrisa escapó por sus secos labios. 202, 203. Rascó su incipiente barba, distraído. 204, 205. Un mechón de pelo grasiento se posó en los sucios cristales de las gafas. 206, 207. Su corazón aceleraba con cada paso que daba; la adrenalina corría por sus venas. 208, 209. Ya casi estaba. 210, 211. Dos habitaciones más. 212, 213.
Se colocó frente a la puerta grotescamente pintada de color crema, los números 2, 1 y 4 dibujados de negro justo sobre la mirilla.
Te tengo. Te tengo y pagarás por tus pecados. Pagarás por tu insolencia. Pagarás por faltarme el respeto. Sucia perra.
Tocó la puerta con los nudillos tres veces.
Eres mía.
Volvió a llamar.
Vamos, vamos.
Esta vez dio cinco golpes con el puño.
-¡Abre la puta puerta!- rugió.
Un joven de unos veinticinco años, cabello dorado y ojos intensamente azules, ataviado únicamente con una bata de seda gris abrió la puerta, mano derecha en el pomo y la izquierda en el corazón.
-¿A qué viene esta vejación?- con el ceño fruncido, el muchacho desafió la mirada del señor M., hasta que vio lo que el intruso sujetaba en su mano derecha.
-No tengo tiempo para tonterías, chico.- lo apartó a un lado con un empujón.
Penetró en la habitación, se quitó la mojada chaqueta y la tiró al suelo. Se aclaró la garganta y miró fijamente a su esposa, tumbada en la cama, desnuda, medio tapada con unas sábanas de flores.
Las paredes eran de un pálido beige, oscurecidas en las esquinas por la humedad. La cama se situaba frente a la puerta de la entrada, con la cabecera pegada a una pequeña ventana que en aquellos instantes tenía las cortinas echadas. Estas tenían bordados unos elaborados dibujos geométricos. Solo estaba encendida la lámpara de la mesilla. Las gotas de lluvia golpeaban la ventana con insistencia. El ventilador que colgaba del tejado hacía un ruido mecánico con cada pausado giro que daba. Un perro ladraba en la calle. Alguien gritaba en el pasillo.
-Hola, cielo.- susurró el señor M.


¡Bang!

                              ¡Bang!

                                                            ¡Bang!


Tres balas.
Una en el pecho.
Otra en la frente.
La última por puro goce.

Se oyó un ruido sordo cuando el revólver cayó al suelo.
Todo quedó en silencio.
El señor M. se limpió la mejilla con la manga de la camisa, la cual quedó teñida de carmesí. Giró sobre sus talones y observó al joven de la bata gris.
-Buenas noches.


     El señor M. salió de la habitación y nadie lo volvió a ver jamás.