Esta es una muy corta reflexión sobre mi rutina de las mañanas:
Todos los días me levanto a las seis. Todos los días me ducho y después me tomo una buena media hora para desayunar, porque adoro desayunar. Todos los días salgo de casa a la misma hora y me subo en el mismo bus, en la misma parada, con la misma gente, los mismos desconocidos.
Entre ellos está el hombre que lleva el pelo peinado hacia atrás y siempre tiene un periódico bajo el brazo; está la chica regordeta que hace sopas de letras, la joven que parece ignorar lo que le rodea, ese chico atractivo que me alegra la vista a dichosa hora...
Todos ellos siempre bajan siempre en las mismas paradas; sé el orden en el que se va vaciando el bus. Ellos completan mi rutina, mi querida rutina, la que muchos desprecian y tachan de aburrida.
No niego que tal vez -tal vez- lo sea, pero, qué queréis que os diga; a mí me reconforta. Sí; me reconforta hacer el mismo viaje todos los días en el mismo asiento y a la misma hora.

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