jueves, 26 de enero de 2012

1922

Era una noche fría y silenciosa, sin viento que azotara las destartaladas farolas de metal oxidado. Salí a la calle a pasear como de costumbre por las viejas calles de París, sin rumbo fijo. El humo del cigarrillo se enredaba con las solitarias aceras, revoloteando junto a mis ojos. Me perdí en mis pensamiento, sin prestar mucha atención a dónde me dirigía.
Seguí mis pasos hasta que me encontré frente a un edificio anticuado, deslucido por los años que llevaba en pie. Curiosa, me fijé en el cartel de madera que colgaba de la fachada desgastada. En realidad no recuerdo el nombre que se leía en aquel letrero, pero puedo asegurar que era, sin duda, ingenioso. Y no sé si se debió a la insólita tranquilidad del lugar o a que mis mejillas comenzaban a helarse, pero decidí que entrar en aquel bar no sería mala idea.
Exhalé el último pico del cigarro y lo tiré al suelo, a un paso de mí, para pisarlo con un leve giro de tobillo.
Tan pronto como abrí la puerta me embriagó un fuerte olor a whisky barato que se confundía con el del tabaco.
Me dirigí con paso firme a la barra y me senté en una banqueta con la tela de cuero descolorida por el excesivo uso. Al acercarse el camarero, quien estaba bien entrado en sus años de madurez, pedí que me sirviera lo mejor que tenían.

Encendí otro pitillo.
El bar mostraba el forzado intento del dueño en convertir aquel antro en un lugar agradable donde pasar el tiempo. Había unas cuantas matrículas y pósteres que anunciaban bailes exóticos y can-canes pegadas a la pared desordenadamente, como si la finalidad de éstos fuera ocultar el amarillento color de los muros que un día fueron blancos. Más allá, bajando un par de escaleras, habían puesto unas destartaladas mesas con la intención de que pareciera un comedor, con cuadros de paisajes verdosos y sillas que no encajaban en el lugar, la mayoría diferentes unos de otros.
En el otro extremo había colocados varias máquinas traga-perras y un pequeño billar.
Sobre mí se suspendía una lámpara de cristal que apenas alumbraba, pero no le presté atención. Aquel sitio era un verdadero criadero de borrachos y adictos al juego.

El camarero me extendió una copa con lo que parecía ser vino tinto. A decir verdad, me sorprendió que un lugar como aquel tuviera vino. Saqué mi monedero y dejé allí unos centavos. Puse la copa entre mis manos y luego le di un sorbo. Sabía a rancio y estaba caldoso, pero reprimí las angustiosas arcadas y le di un largo trago.
Pronto comencé a sentir el hormigueo de su efecto, así que me tomé el resto.
Se me acercó entonces un señor bien vestido y se sentó a mi lado. Hasta entonces no me había dado cuenta de que no era la única que había elegido aquel lugar para matar las insoportables horas de la noche.
Si mi memoria no me falla, aquel hombre se hacía llamar Rousseau. Era pretencioso pero muy amable, y su profunda voz tenía algo que me confundía por completo, como si no encajara con su físico, que rozaba lo plausible. Me convenció para que me quedara un poco más y me invitó a otra copa. Sabía que no debía acceder a su propuesta, ya que se veía en sus ojos que lo que realmente quería era hacerme el amor y después desaparecer.
Pero, ¿saben qué?
Acepté con gusto.

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