lunes, 25 de marzo de 2013

Balingen-Eibar exchange a la invertida

Esta vez fuimos nosotros quienes nos colamos en las casas de los alemanes e invadimos dicho país... o bueno, sus bares. Este fue el resultado; frío, buen humor y recuerdos que jamás olvidaremos.

BALINGEN- EIBAR
Vídeo editado por Marina


DANKE.

domingo, 24 de marzo de 2013

Día 84, parte 3


Ella es ahora tan frágil como una rosa de cristal, pero tan linda como una estrella azul.
Se pasa horas acurrucada entre las sábanas, o sentada en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y la mirada fija en algún lugar que yo no llego a ver.
Ya no la comprendo.
Y apenas me habla.

Pero la quiero tanto...

Regreso al baño para dejar las toallas (coloco una extendida en la calefacción) y apagar los grifos y, tras asegurarme de que el agua está caliente pero no ardiendo, me seco los dedos y me acerco a ella.
Apenas ha probado bocado.
Suspiro para mis adentros y le regalo la sonrisa más compuesta que mi tristeza me permite.
-El baño está listo.- anuncio.
Ella asiente y se encoje de hombros.
-Vamos, te sentará bien.
Se tumba, encogida, después de apartar su desayuno, así que me veo obligado a cogerla entre los brazos. Al principio se resiste un poco, pero en seguida desiste. Se agarra a mi cuello con debilidad, y yo la aprieto fuerte contra mi pecho.
La llevo al baño y la siento en el bidé. Le doy un minuto para que coja aire; el mínimo esfuerzo supone todo un reto para sus agarrotados y desgastados músculos. Permito que se desvista ella sola. Sin embargo, al comprender que no lo va ha hacer, me arrodillo para que sus ojos queden a la par de los míos.
-Deja que te ayude, ¿sí?- susurro.
Desvía la mirada, como siempre.
Le quito la camiseta y los pantalones y la ropa interior. Así, desnuda, parece que se va a romper en mil pedazos con el primer roce. Le paso la mano por el antebrazo para que se levante, y sus pechos descubiertos se mueven con un leve balanceo. Introduce primero una pierna, poco a poco, y luego la otra. Su pelo dorado se oscurece en las puntas con el tacto del agua. Cojo la suave esponja amarilla y la rocío con agua. Tiembla un poco, pero no sé si es por el frío o porque se siente incómoda, avergonzada.
Sin darme cuenta comienzo a tararear Hallelujah, una vieja canción de Leonard Cohen. A ella le encantaba. Únicamente me doy cuenta de que estoy cantando cuando escucho su voz, su rota y apagada voz, que antaño fue tan dulce, murmurar la melodía de dicha canción:
... there was a time when you let me know...” -...hubo un tiempo en el que me hacías saber...-
Mis brazos se paralizan y la miro a los ojos fijamente. Hace semanas que no habla y meses desde que no canta.

Antes lo solía hacer todas las mañanas, cuando freía unos huevos revueltos, o cuando se duchaba, o mientras se vestía para ir a trabajar. Cantaba tan bien como un pájaro.
Recuerdo la vez en la que se despertó y de sus labios no salió ni una sola nota, ni cuando freía los huevos revueltos, ni cuando se duchaba. Tampoco mientras se vestía para ir a trabajar.


jueves, 14 de marzo de 2013

Día 84, parte 2

Pongo agua hervir y coloco dos rodajas de pan en la tostadora, después de haber sacado la mantequilla del frigorífico para que se vaya ablandando. Exprimo dos naranjas y un limón para echarlos en un vaso grande (a ella le gusta así). La tostadora salta y acudo a coger los panes, los cuales coloco en un plato y embadurno con mantequilla y miel. El agua está listo justo cuando acabo con las tostadas; vierto un poco en una taza y la mezclo con leche, azúcar moreno y té verde. Saco una bandeja de madera del armario que está a mi izquierda para colocar en ella todo lo que he cocinado, más una cucharrilla; cuando todo está listo, la cojo y regreso a la habitación.
Dejo la bandeja en la mesilla de noche y me siento en la cama, junto a ella. Zarandeo su brazo con suavidad y ella abre los ojos durante un segundo. Odio tener que despertarla, pero no puedo dejar que pase el día en la cama como solía hacer. Me obligo a suprimir mis deseos de dejarla dormir y coloco mis dedos en los suyos.
-Vamos, Bella Durmiente. Despierta.- susurro.
Y así lo hace. Se apoya en su brazo derecho para recostarse.
-Buenos días- le digo- ¿te apetece desayunar?
Asiente.
Dejo la bandeja sobre la mesa, entre los dos, y la ayudo a sentarse. Le acerco el zumo mixto y ella le da un sorbo.
-Dos naranjas y un limón, como te gusta.
Me agradece el detalle con una apagada sonrisa.
Vacía el vaso y decide probar una tostada.
-¿Está buena?
Le da otro bocado a modo de respuesta.
-Voy a preparar el baño, ¿de acuerdo?- le toco la barbilla con delicadeza- No dejes ni una sola miga, ¿e?- bromeo, aunque lo diga muy en serio- Ahora vuelvo.
La observo durante un instante antes de salir: sus ojos, que solían relucir con un verde esmeralda, se han vuelto oscuros y opacos, como si en ellos guardara todo el dolor existente; su piel, antes tan luminosa, ahora es tan pálida como la misma nieve; además, ha adelgazado tanto que apenas la reconozco.

Al llegar al baño pongo el tapón de la bañera; le doy diez vueltas a la manilla del agua caliente y tres a la del frío. El chorro cae con fuerza y chapotea cuando estalla contra la porcelana. Calculo que tardará unos quince minutos en llenarse, así que voy a por toallas nuevas.


Sé que aún no he revelado su nombre; me siento incapaz de hacerlo.
Tampoco espero que nadie lo comprenda, porque sé que es pedir mucho.