Ella es
ahora tan frágil como una rosa de cristal, pero tan linda como una
estrella azul.
Se pasa
horas acurrucada entre las sábanas, o sentada en la cama, con la
espalda apoyada en el cabecero y la mirada fija en algún lugar que
yo no llego a ver.
Ya no la
comprendo.
Y apenas me
habla.
Pero la
quiero tanto...
Regreso al
baño para dejar las toallas (coloco una extendida en la calefacción)
y apagar los grifos y, tras asegurarme de que el agua está caliente
pero no ardiendo, me seco los dedos y me acerco a ella.
Apenas ha
probado bocado.
Suspiro para
mis adentros y le regalo la sonrisa más compuesta que mi tristeza me
permite.
-El baño
está listo.- anuncio.
Ella asiente
y se encoje de hombros.
-Vamos, te
sentará bien.
Se tumba,
encogida, después de apartar su desayuno, así que me veo obligado a
cogerla entre los brazos. Al principio se resiste un poco, pero en
seguida desiste. Se agarra a mi cuello con debilidad, y yo la aprieto
fuerte contra mi pecho.
La llevo al
baño y la siento en el bidé. Le doy un minuto para que coja aire;
el mínimo esfuerzo supone todo un reto para sus agarrotados y
desgastados músculos. Permito que se desvista ella sola. Sin
embargo, al comprender que no lo va ha hacer, me arrodillo para que
sus ojos queden a la par de los míos.
-Deja que te
ayude, ¿sí?- susurro.
Desvía la
mirada, como siempre.
Le quito la
camiseta y los pantalones y la ropa interior. Así, desnuda, parece
que se va a romper en mil pedazos con el primer roce. Le paso la mano
por el antebrazo para que se levante, y sus pechos descubiertos se
mueven con un leve balanceo. Introduce primero una pierna, poco a
poco, y luego la otra. Su pelo dorado se oscurece en las puntas con
el tacto del agua. Cojo la suave esponja amarilla y la rocío con
agua. Tiembla un poco, pero no sé si es por el frío o porque se
siente incómoda, avergonzada.
Sin darme
cuenta comienzo a tararear Hallelujah,
una vieja canción de Leonard Cohen. A ella le encantaba. Únicamente
me doy cuenta de que estoy cantando cuando escucho su voz, su rota y
apagada voz, que antaño fue tan dulce, murmurar la melodía de dicha
canción:
“...
there was a time when you let me know...” -...hubo un tiempo en el
que me hacías saber...-
Mis brazos se paralizan y la miro a los ojos fijamente. Hace semanas
que no habla y meses desde que no canta.
Antes lo solía hacer todas las mañanas, cuando freía unos huevos
revueltos, o cuando se duchaba, o mientras se vestía para ir a
trabajar. Cantaba tan bien como un pájaro.
Recuerdo la vez en la que se despertó y de sus labios no salió ni
una sola nota, ni cuando freía los huevos revueltos, ni cuando se
duchaba. Tampoco mientras se vestía para ir a trabajar.

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