domingo, 24 de marzo de 2013

Día 84, parte 3


Ella es ahora tan frágil como una rosa de cristal, pero tan linda como una estrella azul.
Se pasa horas acurrucada entre las sábanas, o sentada en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y la mirada fija en algún lugar que yo no llego a ver.
Ya no la comprendo.
Y apenas me habla.

Pero la quiero tanto...

Regreso al baño para dejar las toallas (coloco una extendida en la calefacción) y apagar los grifos y, tras asegurarme de que el agua está caliente pero no ardiendo, me seco los dedos y me acerco a ella.
Apenas ha probado bocado.
Suspiro para mis adentros y le regalo la sonrisa más compuesta que mi tristeza me permite.
-El baño está listo.- anuncio.
Ella asiente y se encoje de hombros.
-Vamos, te sentará bien.
Se tumba, encogida, después de apartar su desayuno, así que me veo obligado a cogerla entre los brazos. Al principio se resiste un poco, pero en seguida desiste. Se agarra a mi cuello con debilidad, y yo la aprieto fuerte contra mi pecho.
La llevo al baño y la siento en el bidé. Le doy un minuto para que coja aire; el mínimo esfuerzo supone todo un reto para sus agarrotados y desgastados músculos. Permito que se desvista ella sola. Sin embargo, al comprender que no lo va ha hacer, me arrodillo para que sus ojos queden a la par de los míos.
-Deja que te ayude, ¿sí?- susurro.
Desvía la mirada, como siempre.
Le quito la camiseta y los pantalones y la ropa interior. Así, desnuda, parece que se va a romper en mil pedazos con el primer roce. Le paso la mano por el antebrazo para que se levante, y sus pechos descubiertos se mueven con un leve balanceo. Introduce primero una pierna, poco a poco, y luego la otra. Su pelo dorado se oscurece en las puntas con el tacto del agua. Cojo la suave esponja amarilla y la rocío con agua. Tiembla un poco, pero no sé si es por el frío o porque se siente incómoda, avergonzada.
Sin darme cuenta comienzo a tararear Hallelujah, una vieja canción de Leonard Cohen. A ella le encantaba. Únicamente me doy cuenta de que estoy cantando cuando escucho su voz, su rota y apagada voz, que antaño fue tan dulce, murmurar la melodía de dicha canción:
... there was a time when you let me know...” -...hubo un tiempo en el que me hacías saber...-
Mis brazos se paralizan y la miro a los ojos fijamente. Hace semanas que no habla y meses desde que no canta.

Antes lo solía hacer todas las mañanas, cuando freía unos huevos revueltos, o cuando se duchaba, o mientras se vestía para ir a trabajar. Cantaba tan bien como un pájaro.
Recuerdo la vez en la que se despertó y de sus labios no salió ni una sola nota, ni cuando freía los huevos revueltos, ni cuando se duchaba. Tampoco mientras se vestía para ir a trabajar.


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