Dejo la
bandeja en la mesilla de noche y me siento en la cama, junto a ella.
Zarandeo su brazo con suavidad y ella abre los ojos durante un
segundo. Odio tener que despertarla, pero no puedo dejar que pase el
día en la cama como solía hacer. Me obligo a suprimir mis deseos de
dejarla dormir y coloco mis dedos en los suyos.
-Vamos,
Bella Durmiente. Despierta.- susurro.
Y así lo
hace. Se apoya en su brazo derecho para recostarse.
-Buenos
días- le digo- ¿te apetece desayunar?
Asiente.
Dejo la
bandeja sobre la mesa, entre los dos, y la ayudo a sentarse. Le
acerco el zumo mixto y ella le da un sorbo.
-Dos
naranjas y un limón, como te gusta.
Me agradece
el detalle con una apagada sonrisa.
Vacía el
vaso y decide probar una tostada.
-¿Está
buena?
Le da otro
bocado a modo de respuesta.
-Voy a
preparar el baño, ¿de acuerdo?- le toco la barbilla con delicadeza-
No dejes ni una sola miga, ¿e?- bromeo, aunque lo diga muy en serio-
Ahora vuelvo.
La observo
durante un instante antes de salir: sus ojos, que solían relucir con
un verde esmeralda, se han vuelto oscuros y opacos, como si en ellos
guardara todo el dolor existente; su piel, antes tan luminosa, ahora
es tan pálida como la misma nieve; además, ha adelgazado tanto que
apenas la reconozco.
Al llegar al
baño pongo el tapón de la bañera; le doy diez vueltas a la manilla
del agua caliente y tres a la del frío. El chorro cae con fuerza y
chapotea cuando estalla contra la porcelana. Calculo que tardará
unos quince minutos en llenarse, así que voy a por toallas nuevas.
Sé que aún
no he revelado su nombre; me siento incapaz de hacerlo.
Tampoco
espero que nadie lo comprenda, porque sé que es pedir mucho.

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