“...but
now you never show that to me, do you?” respondo.
-...pero ahora nunca me lo muestras, ¿verdad?-
Aparta la mirada, a sabiendas de que esa frase tan simple guarda un
segundo significado.
Prosigo mi labor de frotar su piel con suavidad. La enjabono y la
limpio. No ha dicho ni una sola palabra más.
Se apoya en mí para levantarse y salir de la bañera mientras la
envuelvo con la toalla que antes he dejado en la calefacción, que
ahora está bien calentita. Se revuelve en ella.
La seco y acompaño a la habitación, donde saco ropa limpia y ayudo
a que se vista.
-¿Quieres dar un paseo por la playa?-sugiero. Ya conozco la
respuesta, pero aun así debo intentarlo.
-S...
-¿Cómo?- susurro.
-Sí.
Me quedo asombrado, incapaz de comprender la razón por la cual ha
cambiado de opinión y ha decidido dejar la seguridad que le
proporciona la casa. Sin embargo, me apresuro a coger unas zapatillas
y calcetines y un abrigo.
Unos veinte minutos más tarde, sus frágiles dedos se aferran a mi
brazo mientras cruzamos el umbral de la puerta trasera, la cual nos
lleva directamente a la playa, ahora ya más transitada. Las nubes
grises se arremolinan en el cielo parcialmente azulado, creando
figuras imaginativas. Siento los rayos del sol pegados a mi piel, la
brisa que se escabulle entre mis ropas y baila con el dorado pelo de
mi bella acompañante. Veo que se le escapa una medio sonrisa al ver
a unos niños juguetear en la orilla y siento cómo, de repente, un
enorme peso resbala desde mis hombros y suelta mi cuello, produciendo
en mí una sensación aliviadora.
Es reconfortante saber que aún guarda la capacidad de sonreír.
Nos acercamos a las saladas aguas del mar, con sus brazos
expandiéndose y contrayéndose una y otra vez, incansables, bañando
la arena húmeda y fría.
Unas gaviotas vuelan por encima de nuestras cabezas, con sus
estridentes chillidos flotando en la ambigüedad del espacio que hay
entre el plano celeste y el terrenal.
Me arrodillo junto a una concha brillante y rosada con el filo
rasgado y la cojo, sopesando su peso. Es ligera. Así que se la
entrego a ella.
-Es casi tan hermosa como tú- susurro.
Al cabo de un rato noto cómo ella desacelera el paso y se apoya más
sobre mí, por lo que sugiero volver a casa. Ella acepta de buena
gana.
Ya en casa, se desviste y se mete en la cama. No replico, ya que se
merece un descanso.
-Te traeré un poco de agua, ¿de acuerdo?
Asiente con la cabeza y echa el plumón sobre ella, dejando su rostro
fuera del alcance de mi vista.
Tan pronto como abandono la habitación siento cómo todos mis
músculos se sueltan y dejo escapar una sonrisa. Esta es la primera
vez en 84 días que sale de casa. También la primera vez que sonríe.
Y que me habla.
Parece que las cosas están empezando a mejorar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario