viernes, 5 de abril de 2013

Día 84, parte 5


 Me dirijo a la cocina, pongo un vaso grande bajo el fregadero y espero a que se llene. Las gotas se escapan del borde y mojan mis dedos. No me molesto en secarme.

Le acerco el vaso, pero frunce el ceño.
A, la pajita. Se me ha olvidado. Le resulta más fácil beber con una de ellas.

Ya en la cocina, sujeto el envase de plástico transparente que guarda dichos utensilios de colores, decidiendo, menos apesadumbrado de o habitual, cuál escoger. Me decanto por el azul claro, ya que me transmite tranquilid...
Oigo el sonido de un vaso al caer y romperse en miles de pedacitos mortíferos, y corro hacia ella, desesperado. Sé que en mi cara tengo la expresión de pánico pintada a cinceladas grotescas, y que esta se agrava cuando diviso su brazo derecho inerte, con las yemas de los dedos rozando el suelo. Me siento a su lado y agarro su cuerpo con fuerza. Sus ojos vidriosos suplican clemencia mientras penetro mi mirada en las verdes irises.
-¿Qué has hecho?- exclamo- ¿¡Qué has hecho!?
Y justo entonces veo el familiar paquete de papel blanquecino, del mismo tono que su contenido;s nieve letal.
-Cielo, por favor...- las lágrimas comienzan a emborronar mi vista- ¿por qué...?
-Lo...-su voz apenas es audible, un suspiro- lo siento.
-No... te pondrás bien, ya verás. Todo irá bien. Te... te lo prometo, ¿vale? Pero por favor, no me abandones... no... quédate conmigo, ¿me oyes? ¡Te quiero!- murmuro, desamparado. Siento tal angustia que apenas puedo respirar.
-T... te quiero- responde.
Y con sus últimas fuerzas me regala la sonrisa más bella, más hermosa, brillante y perfecta que nunca me ha regalado.
Y se desploma sobre mí, con los párpados entornados.


Me gustaría culpar a alguien por todo esto, por el infierno por el que ha tenido que pasar durante estos 84 días. Todos esos ataques de ansiedad, todos esos días que se pasaba perdida en ella misma... Yo creía con toda mi alma que mejoraría, que si la apoyaba y la ayudaba podría salir de ese mundo tan oscuro y se podría recuperar.
Pero su adicción fue más fuerte que ella y el pozo en el que había caído, más hondo del que yo imaginaba.






Elena. Su nombre era Elena.


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