miércoles, 29 de mayo de 2013

Auto estopista


Darle al play y leed.
Disfrutad.


          A veces me gustaría ser un personaje de ficción y no tener que formar parte de mi vida, ya que la ficción es mucho más simple, con reglas y leyes que no se pueden quebrantar.

          La vida, sin embargo, es ser un auto-estopista: puedes caminar solo, disfrutar del paisaje, sentir el viento y el sol en la piel, enfriarse bajo la lluvia o sofocarse de calor; o puedes montarte en el primer coche que pare y esperar que el desconocido sea alguien agradable, alguien con el que compartir el viaje, alguien con el que cantar esa canción de los setenta mientras improvisas un baile con los brazos, o bajar la ventanilla y dejar que la corriente se introduzca en el coche y refresque el ambiente.
Puede que el viaje no sea lo que esperabas. Puede que tus zapatillas se rompan después de tanto caminar, o que se acabe la gasolina y te quedes tirado en mitad de la nada. Puede que el desconocido sea un sociópata sin remedio o que el sociópata seas tú. Pueden pasarte un millón de cosas que jamás hubieras sido capaz de prepararte para ello. Y puede que los planes te salgan a la primera, o tal vez tengas que empezar una y otra vez hasta que te salgan bien.
La ficción es más sencilla: todo está planeado; los actores tienen sus guiones, los cámaras sus referencias y el director el storyboard. El set ha sido preparado meses antes y nada puede salirse de lo acordado. Y si lo hace, siempre hay un Plan B con el que milagrosamente se soluciona el problema.
Pero luego me pongo a pensar y me doy cuenta de que ahí está el secreto de vivir; la magia está en no esperar lo que viene, en ignorar tu futuro, que este te sorprenda, que te haga sentir algo, por muy terrible que sea. Porque, al fin y al cabo, eso es lo que somos. Somos emociones, buenas y malas. Somos lo que deriva de lo que sentimos; elegimos un camino u otro porque pensamos que las consecuencias nos serán placenteras, o porque pensamos que es lo correcto.


          El no saber lo que nos depara la vida nos da una ventaja sobre los personajes de ficción; tenemos el poder de cambiar nuestro futuro con las decisiones que tomamos en nuestro presente.

viernes, 5 de abril de 2013

Día 84, parte 5


 Me dirijo a la cocina, pongo un vaso grande bajo el fregadero y espero a que se llene. Las gotas se escapan del borde y mojan mis dedos. No me molesto en secarme.

Le acerco el vaso, pero frunce el ceño.
A, la pajita. Se me ha olvidado. Le resulta más fácil beber con una de ellas.

Ya en la cocina, sujeto el envase de plástico transparente que guarda dichos utensilios de colores, decidiendo, menos apesadumbrado de o habitual, cuál escoger. Me decanto por el azul claro, ya que me transmite tranquilid...
Oigo el sonido de un vaso al caer y romperse en miles de pedacitos mortíferos, y corro hacia ella, desesperado. Sé que en mi cara tengo la expresión de pánico pintada a cinceladas grotescas, y que esta se agrava cuando diviso su brazo derecho inerte, con las yemas de los dedos rozando el suelo. Me siento a su lado y agarro su cuerpo con fuerza. Sus ojos vidriosos suplican clemencia mientras penetro mi mirada en las verdes irises.
-¿Qué has hecho?- exclamo- ¿¡Qué has hecho!?
Y justo entonces veo el familiar paquete de papel blanquecino, del mismo tono que su contenido;s nieve letal.
-Cielo, por favor...- las lágrimas comienzan a emborronar mi vista- ¿por qué...?
-Lo...-su voz apenas es audible, un suspiro- lo siento.
-No... te pondrás bien, ya verás. Todo irá bien. Te... te lo prometo, ¿vale? Pero por favor, no me abandones... no... quédate conmigo, ¿me oyes? ¡Te quiero!- murmuro, desamparado. Siento tal angustia que apenas puedo respirar.
-T... te quiero- responde.
Y con sus últimas fuerzas me regala la sonrisa más bella, más hermosa, brillante y perfecta que nunca me ha regalado.
Y se desploma sobre mí, con los párpados entornados.


Me gustaría culpar a alguien por todo esto, por el infierno por el que ha tenido que pasar durante estos 84 días. Todos esos ataques de ansiedad, todos esos días que se pasaba perdida en ella misma... Yo creía con toda mi alma que mejoraría, que si la apoyaba y la ayudaba podría salir de ese mundo tan oscuro y se podría recuperar.
Pero su adicción fue más fuerte que ella y el pozo en el que había caído, más hondo del que yo imaginaba.






Elena. Su nombre era Elena.


martes, 2 de abril de 2013

Día 84, parte 4


...but now you never show that to me, do you?” respondo. -...pero ahora nunca me lo muestras, ¿verdad?-
Aparta la mirada, a sabiendas de que esa frase tan simple guarda un segundo significado.
Prosigo mi labor de frotar su piel con suavidad. La enjabono y la limpio. No ha dicho ni una sola palabra más.
Se apoya en mí para levantarse y salir de la bañera mientras la envuelvo con la toalla que antes he dejado en la calefacción, que ahora está bien calentita. Se revuelve en ella.
La seco y acompaño a la habitación, donde saco ropa limpia y ayudo a que se vista.
-¿Quieres dar un paseo por la playa?-sugiero. Ya conozco la respuesta, pero aun así debo intentarlo.
-S...
-¿Cómo?- susurro.
-Sí.
Me quedo asombrado, incapaz de comprender la razón por la cual ha cambiado de opinión y ha decidido dejar la seguridad que le proporciona la casa. Sin embargo, me apresuro a coger unas zapatillas y calcetines y un abrigo.
Unos veinte minutos más tarde, sus frágiles dedos se aferran a mi brazo mientras cruzamos el umbral de la puerta trasera, la cual nos lleva directamente a la playa, ahora ya más transitada. Las nubes grises se arremolinan en el cielo parcialmente azulado, creando figuras imaginativas. Siento los rayos del sol pegados a mi piel, la brisa que se escabulle entre mis ropas y baila con el dorado pelo de mi bella acompañante. Veo que se le escapa una medio sonrisa al ver a unos niños juguetear en la orilla y siento cómo, de repente, un enorme peso resbala desde mis hombros y suelta mi cuello, produciendo en mí una sensación aliviadora.
Es reconfortante saber que aún guarda la capacidad de sonreír.
Nos acercamos a las saladas aguas del mar, con sus brazos expandiéndose y contrayéndose una y otra vez, incansables, bañando la arena húmeda y fría.
Unas gaviotas vuelan por encima de nuestras cabezas, con sus estridentes chillidos flotando en la ambigüedad del espacio que hay entre el plano celeste y el terrenal.
Me arrodillo junto a una concha brillante y rosada con el filo rasgado y la cojo, sopesando su peso. Es ligera. Así que se la entrego a ella.
-Es casi tan hermosa como tú- susurro.

Al cabo de un rato noto cómo ella desacelera el paso y se apoya más sobre mí, por lo que sugiero volver a casa. Ella acepta de buena gana.

Ya en casa, se desviste y se mete en la cama. No replico, ya que se merece un descanso.
-Te traeré un poco de agua, ¿de acuerdo?
Asiente con la cabeza y echa el plumón sobre ella, dejando su rostro fuera del alcance de mi vista.

Tan pronto como abandono la habitación siento cómo todos mis músculos se sueltan y dejo escapar una sonrisa. Esta es la primera vez en 84 días que sale de casa. También la primera vez que sonríe. Y que me habla.
Parece que las cosas están empezando a mejorar.