Soy
yo, el que esperaba a diario junto a tu lecho a que abrieras los
párpados. ¿Me recuerdas? Hace mucho que no hablo contigo y te
echaba de menos. Echaba de menos tu sonrisa, tus ojos apagados de un
tenue azul celeste que brillaban como dos soles cada vez que me
permitías robarte un beso de esos labios tuyos, siempre tan suaves,
tan livianos, tan pálidos como tu piel de seda. Echaba de menos que
tus manos se resguardaran del frío de las noches oscuras entre éstas
palmas mías que ahora se sienten tan perdidos sin la calidez de tus
abrazos. Echaba de menos tus caricias, las que me regalabas cada día,
siempre que escapabamos del tiempo y decidíamos cambiar el rumbo del
mundo entero, girando en universos paralelos, buscando en los
rincones más alejados de la realidad un suspiro de aire fresco que
nos arrancara de la vida de a diario, siempre tan pesada, tan
dolorosa como mil espadas que te atraviesan el pecho y desgarran de
él el corazón que aún ruge entre los delgados dedos de la muerte.
Y
aunque desee con hasta la punta de mis pestañas que vuelvas a mi
lado, sé que no lo harás, que te cansaste de todo lo que te
otorgaba, de todo lo que yo, un simple esclavo de los ricos y gordos
odiosos empresarios, podía ofrecerte, que, aunque no eran ni
castillos de piedra, ni coches de carroza tirados por bellos y
blancos caballos, con sus crines alteradas y de espalda curvada -que
sé que a ti tanto te gustaban-; ni mares ni océanos, ni lunas ni
estrellas... siempre te quedabas justo aquí, en el lugar donde con
sólo una mirada te podía hacer feliz, sin pensar que tal vez el día
de mañana no tendrías nada que saciara los feroces mugidos de tus
hambrientos adentros.
Pero
ahora... o, ahora. Válgame la Luna por las lágrimas que brotan de
mis cansados ojos, lágrimas como perlas que no encajan en un mar
demasiado frío y vacío. Y cada mañana, cuando el sol se escapa de
entre las tinieblas de la noche y logra salir al encuentro del
horizonte, penetrando por el sucio cristal de las ventanas de mi
habitación, esquivando las finas cortinas y perforando mi piel hasta
llegar a los huesos, estiro mi brazo en la cama con la intensa
esperanza de que todo haya sido un mal sueño, una pesadilla que con
el agua de una ducha mañanera se desprenderá de mí como la cáscara
de una serpiente que se permuta periodicamente para deshacerse de los
parásitos que lo invaden. Pero la cama esta vacía, desolada, las
sábanas arrugadas, las cortinas de un día feliz echadas, las luces
apagadas. Ya no estás para que te dé los buenos días, un beso y un
par de palabras. Ya no estás para tirarme del brazo para sacarme a
rastras de la cama todas las veces que el sueño vence sobre la
necesidad de ir a buscar trabajo.
No,
ya no.
Ya
no estás.
Y
sé que nunca más lo estarás.
Porque
la estrella Sirio, la más hermosa hasta que tú llegaras con tus
pasos de bailarina, tan grácil, tan ligera, celosa de tu belleza,
atracó tu aliento y te llevó consigo a miles de años luz de aquí,
a un lugar que ningún ser humano puede alcanzar, junto con tus ojos
apagados, labios pálidos y dedos fríos.
Así
que, por un arrebato de valentía, me atreví a escribirte ésta
carta; mi adiós, mi hasta otra, que ya nos veremos la próxima vez.
FIN
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