Hacía mucho que no escribía sobre gente curiosa, si bien es verdad que últimamente el mundo se ha vuelto muy extraño. Pues bien, he de comunicar con gozoso placer que por fin he encontrado a mi extravagante vividor, único en su especie.
Estaba
yo en la biblioteca, como suelo estar y bien sabéis, en una de mis
tardes intensivas de lectura -LAS LLANURAS DEL
TRÁNSITO, Jean M.
Auel-.
No
recuerdo la hora exacta, aunque sé que las manecillas del reloj ya
habían viajado más allá de las siete; un hombre escondido bajo un
traje beige, dos o incluso tres tallas demasiado grande, blusa rosada
y corbata magenta, coronilla calva y brillante, piel tostada, delgado
y con gafas, un señor que rondaría los cincuenta, escogió situarse
justo en frente de mí.
¿Lo
primero que se me vino a la cabeza? “Es
profesor. Seguro.”
Llevaba
consigo un grueso maletín de cuero claro -pesado, asumí, por la
leve inclinación de su cuerpo- y una bolsa de plástico. Puso ambos
sobre la mesa bajo mi atenta mirada. Abrió el maletín y comenzó a
sacar hojas -blancas, cuadriculadas, escritas, dibujadas-, propaganda
-supermercados, tiendas, zapatos-, un libro -GUÍA PRÁCTICA DE COMUNIDADES DE PROPIETARIOS (6º edición), Carlos Gallego Brizuela- y un periódico -ABC-.
Tan
pronto como lo hizo, aún sin sentarse, colocó un vaso de esos del
Starbucks -Caf
& Tentempié-
y un botellín de agua -Aquarel
(Nestlé)-
con un dibujo de Buzz
Bunny.
Pero
no acabó aquí su proceso de instalación.
Ésta
vez dejó sobre la mesa, con cuidado, una caja de cartón de
Chocolates Valor –
placer adulto-
y otros objetos, como
un clip, llaves y monedas.
Será
mejor que lo veáis con vuestros propios ojos; una imagen vale más
que mil palabras:
En
fin. Todo un personaje.
Vale.
Al fin, tras unos veinte minutos, acabó su labor y, después mirar
su reloj de muñeca que llevaba por encima de la blusa, suspiró y se
sentó.
En
seguida se perdió en su propio mundo y, escritor empedernido, sus
dedos bailaron con una pluma negra y elegante, dibujando letras y más
letras.
De
vez en cuando atacaba el chocolate -momento en el cual la zona se
inundaba del exquisito aroma del cacao endulzado-, bebía un sorbo de
agua o miraba en derredor con ojo crítico, cual halcón vigila su
presa desde la lejanía del cielo.
Así,
rodeado de sus cosas, parecía esconderse del resto del mundo, oculto
tras folios o papeles.
Y,
al marcharme, no pude evitar mirarlo por última vez, lo justo para
ver que me había sonreído, alegre.

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