martes, 16 de octubre de 2012

Extravagante vividor

Lo primero es lo primero, y lo prometido es deuda. Esta entrada es en honor a Gorka... tuve que aceptar después de tanta súplica. ¡Un saludo, Gorka!

Hacía mucho que no escribía sobre gente curiosa, si bien es verdad que últimamente el mundo se ha vuelto muy extraño. Pues bien, he de comunicar con gozoso placer que por fin he encontrado a mi extravagante vividor, único en su especie.


Estaba yo en la biblioteca, como suelo estar y bien sabéis, en una de mis tardes intensivas de lectura -LAS LLANURAS DEL TRÁNSITO, Jean M. Auel-.
No recuerdo la hora exacta, aunque sé que las manecillas del reloj ya habían viajado más allá de las siete; un hombre escondido bajo un traje beige, dos o incluso tres tallas demasiado grande, blusa rosada y corbata magenta, coronilla calva y brillante, piel tostada, delgado y con gafas, un señor que rondaría los cincuenta, escogió situarse justo en frente de mí.
¿Lo primero que se me vino a la cabeza? “Es profesor. Seguro.”

Llevaba consigo un grueso maletín de cuero claro -pesado, asumí, por la leve inclinación de su cuerpo- y una bolsa de plástico. Puso ambos sobre la mesa bajo mi atenta mirada. Abrió el maletín y comenzó a sacar hojas -blancas, cuadriculadas, escritas, dibujadas-, propaganda -supermercados, tiendas, zapatos-, un libro -GUÍA PRÁCTICA DE COMUNIDADES DE PROPIETARIOS (6º edición), Carlos Gallego Brizuela- y un periódico -ABC-.
Tan pronto como lo hizo, aún sin sentarse, colocó un vaso de esos del Starbucks -Caf & Tentempié- y un botellín de agua -Aquarel (Nestlé)- con un dibujo de Buzz Bunny.
Pero no acabó aquí su proceso de instalación.
Ésta vez dejó sobre la mesa, con cuidado, una caja de cartón de Chocolates Valor – placer adulto- y otros objetos, como un clip, llaves y monedas.

Será mejor que lo veáis con vuestros propios ojos; una imagen vale más que mil palabras:


En fin. Todo un personaje.
Vale. Al fin, tras unos veinte minutos, acabó su labor y, después mirar su reloj de muñeca que llevaba por encima de la blusa, suspiró y se sentó.
En seguida se perdió en su propio mundo y, escritor empedernido, sus dedos bailaron con una pluma negra y elegante, dibujando letras y más letras.
De vez en cuando atacaba el chocolate -momento en el cual la zona se inundaba del exquisito aroma del cacao endulzado-, bebía un sorbo de agua o miraba en derredor con ojo crítico, cual halcón vigila su presa desde la lejanía del cielo.
Así, rodeado de sus cosas, parecía esconderse del resto del mundo, oculto tras folios o papeles.

Y, al marcharme, no pude evitar mirarlo por última vez, lo justo para ver que me había sonreído, alegre.

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