martes, 11 de noviembre de 2014

Injurias

Palpita en mi pecho la sátira sobre la cual
han escrito grandes maestros.

Se ríe de la luna
quien solo conoce el sol.

En mi puño cerrado guardaba una promesa
que huyó apresurada,
asustada por dedos ajenos.

Maldigo el anhelo que me agita por dentro.
Maldigo y reniego lo que siento.
Maldigo mis ojos por haber sido tan indiscretos.
Maldigo mis labios por desear lo que no debo.
Maldigo mi piel por ansiar la pólvora y el fuego.
Maldigo mi corazón,
maldigo mi cuerpo.



  Si bien me ahogo por el resentimiento,
lo hago porque me es imposible
desertar mi afecto.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Ya no soy nada

Existe una brecha en el lienzo del universo
que culmina en un infinito allende.


La sangre que desgarra estas venas mías
hierve mi piel y hiela mi alma.
Y lo falto que arrulla mi pecho
ensordece un grito callado de agonía.

Sin blanco que me guíe
soy engullida por la sombra del vacío.

Si un puñado de cuerdas
forjara fidedigno alojamiento
lo que en mis suelas juega
habría sido cosido en cobijo de sábanas.

En un parpadeo me vuelvo sinestesia
¿soy yo la que mira o quien es observada?
Busco centella pero no hay vaso que llenar;
mis labios ya bebieron Casiopea.

Anhelo lo que nunca creé.
Recuerdo lo que nunca tuve.


Existe una brecha en el lienzo del universo
que culmina en un infinito allende
donde de mí vuelan los sentidos
y desaparezco.

¡Puf!

Ya no soy nada.

martes, 16 de septiembre de 2014

Esos días que se alargan a semanas

Sabes que estás jodido cuando te despiertas y te abruma la necesidad de quedarte en la cama hasta que el día duerme. Abandonas el sueño y no tienes la fuerza para deslizar los pies y echar las sábanas a un lado. Te escondes bajo las mantas y gruñes. Te enmarañas girando sobre el colchón, en buffering, haciendo un falso amago de levantarte. Sabes que debes y aún así te quedas donde estás, con las pestañas bien unidas.
El edredón es tu casa, la cama tu compañera.
Piensas en lo que hay al otro lado de la puerta de tu habitación y te recorre una terrible desazón, un rotundo rechazo a, bueno, todo. La perspectiva de pasar el día allí acurrucado resulta mil veces más tentadora que verte obligado a interactuar con media docena de miserables imbéciles ansiosos por discutir sobre lo miserables e imbéciles que son otra media docena de desgraciados. Que Dios nos pille confesados, para eso ya tendrás otros 364 días. 365 en año bisiesto.
Tú estás allí, en un estado de nublada certeza, no despierto pero sin llegar a estar dormido, dando vueltas a mil cosas y a ninguna a la vez. Estás allí, con los ojos tornados y el pelo enmarañado y demasiado ensimismado como para dar una mierda.
Y sabes que estás jodido porque al levantarte -que lo harás- caerás un poco más.

jueves, 20 de febrero de 2014

Una reflexión


Esta es una muy corta reflexión sobre mi rutina de las mañanas:
Todos los días me levanto a las seis. Todos los días me ducho y después me tomo una buena media hora para desayunar, porque adoro desayunar. Todos los días salgo de casa a la misma hora y me subo en el mismo bus, en la misma parada, con la misma gente, los mismos desconocidos.
Entre ellos está el hombre que lleva el pelo peinado hacia atrás y siempre tiene un periódico bajo el brazo; está la chica regordeta que hace sopas de letras, la joven que parece ignorar lo que le rodea, ese chico atractivo que me alegra la vista a dichosa hora...
Todos ellos siempre bajan siempre en las mismas paradas; sé el orden en el que se va vaciando el bus. Ellos completan mi rutina, mi querida rutina, la que muchos desprecian y tachan de aburrida.
No niego que tal vez -tal vez- lo sea, pero, qué queréis que os diga; a mí me reconforta. Sí; me reconforta hacer el mismo viaje todos los días en el mismo asiento y a la misma hora.