Sabes que estás jodido cuando te despiertas y te abruma la necesidad de quedarte en la cama hasta que el día duerme. Abandonas el sueño y no tienes la fuerza para deslizar los pies y echar las sábanas a un lado. Te escondes bajo las mantas y gruñes. Te enmarañas girando sobre el colchón, en buffering, haciendo un falso amago de levantarte. Sabes que debes y aún así te quedas donde estás, con las pestañas bien unidas.
El edredón es tu casa, la cama tu compañera.
Piensas en lo que hay al otro lado de la puerta de tu habitación y te recorre una terrible desazón, un rotundo rechazo a, bueno, todo. La perspectiva de pasar el día allí acurrucado resulta mil veces más tentadora que verte obligado a interactuar con media docena de miserables imbéciles ansiosos por discutir sobre lo miserables e imbéciles que son otra media docena de desgraciados. Que Dios nos pille confesados, para eso ya tendrás otros 364 días. 365 en año bisiesto.
Tú estás allí, en un estado de nublada certeza, no despierto pero sin llegar a estar dormido, dando vueltas a mil cosas y a ninguna a la vez. Estás allí, con los ojos tornados y el pelo enmarañado y demasiado ensimismado como para dar una mierda.
Y sabes que estás jodido porque al levantarte -que lo harás- caerás un poco más.
Deja de describir mi vida, maldito duende.
ResponderEliminar