lunes, 26 de noviembre de 2012

Balingen-Eibar exchange

Estos fueron los buenos momentos que los alemanes nos regalaron durante su estancia en nuestras casas.

EIBAR - BALINGEN

Vídeo editado por Marina

GRACIAS.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Antiguas palabras


Pues que seas feliz, alma mía,
que las cosas malas no merecen la pena.
Déjalas que corran por el río
y que se los lleve el agua.
Lo has hecho ya?
Ahora sonríe, que así iluminarás ésta acera,
porque en el las calles del vacío
tú los llenas de alegría.
Ves? Parece que ha dejado de llover.
Sólo te falta un poquito más,
y superarás ésta cima.
Lo único que te quedas es decir un 'te quiero'
a otro alma en pena, y así harás feliz a otro,
y advertirás que aquellos labios responderán a tu cariño.
Ya eres feliz? No?
Pues ven aquí que con un abrazo, todo se arregla.
Ale, que la vida no es para llorarla.

jueves, 25 de octubre de 2012

Los días de mi vida


Siento que me pierdo con cada paso que mis pies dan.
Que la música que escucho se ha vuelto lo único que mis oídos admiten.
Siento que ya nada me interesa,
que todo lo que me rodea no es más que polvo y viento.
Que por cada palabra que alguien me dirige
tengo menos razones por compartir lo que mis adentros intentan escupir.
Que mis ojos se cansan con demasiada facilidad,
que mis dedos no están por la labor.
Siento que cada vez me cuesta más levantarme,
despegarme de las sábanas y sentarme a desayunar.
Que cada vez me molesta más los ruidos de la calle,
los coches, la gente, el murmullo de la ciudad.
Que cada vez son menos las cosas por las que siento apego,
que cada vez sonrío menos,
si es que llego a sonreír.
Que aunque el llanto no acuda a mis párpados,
la necesidad de saciar mi ansia de llorar va en aumento
como los pájaros al volar.
Siento que todo se vuelve oscuro,
como noche sin luna,
noche de paz.
La paz que ya no abunda por éstas tierras mías.
Ojalá los sueños me llevaran lejos,
muy lejos,
al infinito...
y más allá.


jueves, 18 de octubre de 2012

Carta a mi luna muerta

Hola cielo,
Soy yo, el que esperaba a diario junto a tu lecho a que abrieras los párpados. ¿Me recuerdas? Hace mucho que no hablo contigo y te echaba de menos. Echaba de menos tu sonrisa, tus ojos apagados de un tenue azul celeste que brillaban como dos soles cada vez que me permitías robarte un beso de esos labios tuyos, siempre tan suaves, tan livianos, tan pálidos como tu piel de seda. Echaba de menos que tus manos se resguardaran del frío de las noches oscuras entre éstas palmas mías que ahora se sienten tan perdidos sin la calidez de tus abrazos. Echaba de menos tus caricias, las que me regalabas cada día, siempre que escapabamos del tiempo y decidíamos cambiar el rumbo del mundo entero, girando en universos paralelos, buscando en los rincones más alejados de la realidad un suspiro de aire fresco que nos arrancara de la vida de a diario, siempre tan pesada, tan dolorosa como mil espadas que te atraviesan el pecho y desgarran de él el corazón que aún ruge entre los delgados dedos de la muerte.
Y aunque desee con hasta la punta de mis pestañas que vuelvas a mi lado, sé que no lo harás, que te cansaste de todo lo que te otorgaba, de todo lo que yo, un simple esclavo de los ricos y gordos odiosos empresarios, podía ofrecerte, que, aunque no eran ni castillos de piedra, ni coches de carroza tirados por bellos y blancos caballos, con sus crines alteradas y de espalda curvada -que sé que a ti tanto te gustaban-; ni mares ni océanos, ni lunas ni estrellas... siempre te quedabas justo aquí, en el lugar donde con sólo una mirada te podía hacer feliz, sin pensar que tal vez el día de mañana no tendrías nada que saciara los feroces mugidos de tus hambrientos adentros.
Pero ahora... o, ahora. Válgame la Luna por las lágrimas que brotan de mis cansados ojos, lágrimas como perlas que no encajan en un mar demasiado frío y vacío. Y cada mañana, cuando el sol se escapa de entre las tinieblas de la noche y logra salir al encuentro del horizonte, penetrando por el sucio cristal de las ventanas de mi habitación, esquivando las finas cortinas y perforando mi piel hasta llegar a los huesos, estiro mi brazo en la cama con la intensa esperanza de que todo haya sido un mal sueño, una pesadilla que con el agua de una ducha mañanera se desprenderá de mí como la cáscara de una serpiente que se permuta periodicamente para deshacerse de los parásitos que lo invaden. Pero la cama esta vacía, desolada, las sábanas arrugadas, las cortinas de un día feliz echadas, las luces apagadas. Ya no estás para que te dé los buenos días, un beso y un par de palabras. Ya no estás para tirarme del brazo para sacarme a rastras de la cama todas las veces que el sueño vence sobre la necesidad de ir a buscar trabajo.
No, ya no.
Ya no estás.
Y sé que nunca más lo estarás.
Porque la estrella Sirio, la más hermosa hasta que tú llegaras con tus pasos de bailarina, tan grácil, tan ligera, celosa de tu belleza, atracó tu aliento y te llevó consigo a miles de años luz de aquí, a un lugar que ningún ser humano puede alcanzar, junto con tus ojos apagados, labios pálidos y dedos fríos.
Así que, por un arrebato de valentía, me atreví a escribirte ésta carta; mi adiós, mi hasta otra, que ya nos veremos la próxima vez.


FIN

martes, 16 de octubre de 2012

Extravagante vividor

Lo primero es lo primero, y lo prometido es deuda. Esta entrada es en honor a Gorka... tuve que aceptar después de tanta súplica. ¡Un saludo, Gorka!

Hacía mucho que no escribía sobre gente curiosa, si bien es verdad que últimamente el mundo se ha vuelto muy extraño. Pues bien, he de comunicar con gozoso placer que por fin he encontrado a mi extravagante vividor, único en su especie.


Estaba yo en la biblioteca, como suelo estar y bien sabéis, en una de mis tardes intensivas de lectura -LAS LLANURAS DEL TRÁNSITO, Jean M. Auel-.
No recuerdo la hora exacta, aunque sé que las manecillas del reloj ya habían viajado más allá de las siete; un hombre escondido bajo un traje beige, dos o incluso tres tallas demasiado grande, blusa rosada y corbata magenta, coronilla calva y brillante, piel tostada, delgado y con gafas, un señor que rondaría los cincuenta, escogió situarse justo en frente de mí.
¿Lo primero que se me vino a la cabeza? “Es profesor. Seguro.”

Llevaba consigo un grueso maletín de cuero claro -pesado, asumí, por la leve inclinación de su cuerpo- y una bolsa de plástico. Puso ambos sobre la mesa bajo mi atenta mirada. Abrió el maletín y comenzó a sacar hojas -blancas, cuadriculadas, escritas, dibujadas-, propaganda -supermercados, tiendas, zapatos-, un libro -GUÍA PRÁCTICA DE COMUNIDADES DE PROPIETARIOS (6º edición), Carlos Gallego Brizuela- y un periódico -ABC-.
Tan pronto como lo hizo, aún sin sentarse, colocó un vaso de esos del Starbucks -Caf & Tentempié- y un botellín de agua -Aquarel (Nestlé)- con un dibujo de Buzz Bunny.
Pero no acabó aquí su proceso de instalación.
Ésta vez dejó sobre la mesa, con cuidado, una caja de cartón de Chocolates Valor – placer adulto- y otros objetos, como un clip, llaves y monedas.

Será mejor que lo veáis con vuestros propios ojos; una imagen vale más que mil palabras:


En fin. Todo un personaje.
Vale. Al fin, tras unos veinte minutos, acabó su labor y, después mirar su reloj de muñeca que llevaba por encima de la blusa, suspiró y se sentó.
En seguida se perdió en su propio mundo y, escritor empedernido, sus dedos bailaron con una pluma negra y elegante, dibujando letras y más letras.
De vez en cuando atacaba el chocolate -momento en el cual la zona se inundaba del exquisito aroma del cacao endulzado-, bebía un sorbo de agua o miraba en derredor con ojo crítico, cual halcón vigila su presa desde la lejanía del cielo.
Así, rodeado de sus cosas, parecía esconderse del resto del mundo, oculto tras folios o papeles.

Y, al marcharme, no pude evitar mirarlo por última vez, lo justo para ver que me había sonreído, alegre.

sábado, 6 de octubre de 2012

Así


Quedarte sin respiración sólo porque sus pasos crujen sobre la tierra seca y espolvoreada de grava, porque sus pestañas, cortas y claras, dibujan soles en el viento con un simple guiño suyo de esos ojos color caramelo, que se mezclan con relámpagos dorados, tan brillantes en las noches apagadas, que las estrellas envidian su incalculable belleza.

O porque su sonrisa es la más hermosa que la Luna jamás haya contemplado, tan hermosa, que las mariposas la confunden con las rosas.
Y las flores se marchitan cuando no se deja ver, cuando se escabulle del mundo entero y perfiere enborracharse del cielo y del mar, con una cereveza y poco más que la compañía de las hormigas y alguna araña solitaria.
Las nubes se arremolinan sobre él si así lo desea, si quiere ver llover y fascinarse con la extraordinaria magia que la tierra guarda, al igual que él esconde la clave para resolver los misterios más ocultos de la más negra noche y el más claro día.
Hasta el tiempo se para cuando se pasea por las calles y las aceras con esa indiferencia con la que sólo él es capaz de pasear, por mucho que sus adentros se mueran, por mucho que sienta el dolor que la medicina no es capaz de curar. Y cuando sus pupilas lloran y sus sonrosadas mejillas se inundan de agridulces lágrimas, también el universo entero llora.
Y así suspiran las amapolas, embriagadas por su aroma.
Así se jactan las golondrinas de su grave y tan agradable voz.
Así... así se enamora cualquiera.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Donosti y sus gentes

La seguridad y demás

Cartelera

Más cartelera

Extranjeros
 El de verde

 Los coloridos estampados

Rubias y sus vestidos


 Fotógrafos con melena

Mezclarse con las hojas 

 Las edades

                           Luces y reflejos                         Puentes y puentes

 Uñas extranjeras

La manzana encantada

Parejas y parejas
 Los que se miran

 Los que llevan años casados

Los enamorados


 El señor que me hizo gracia


                     Despistados                   Surfistas                      Princesas
  
 Txalaparta

 Volar y escapar

jueves, 13 de septiembre de 2012

Los días de verano y los hombres


Era un caluroso día de verano, más caluroso que de costumbre, aunque la leve brizna que zarandeaba con suavidad las hojas de los árboles diera un respiro al ahogado ambiente.

El sofocante sol de aquel día tan extraño.
Un coche viejo aparcó justo frente donde estaba yo senata, leyendo, bajo la sombra de mi caravana. Me fijé en las curiosas letras de la matrícula; BFF, que son el acrónimo del inglés best friend forever -mejor amigo para siempre-. Me hizo tanta gracia que dejé mi lectura a un lado y observé a los pasajeros de aquel coche de un desgastado azul marino.

La puerta del conductor se abrió y un hombre de mediana edad, bien entrado en los cuarenta -incluso tal vez en sus tempranos cincuenta-, vestido con un polo viejo que una vez había sido de color naranja suave, con delgadas líneas grises, unos pantalones cortos beiges y unos calcetines blancos subidos poco más alto que los tobillos bajo unas zapatillas deportivas de belcro salió de aquel vehículo.
Era alto, aunque justo al final de la espalda le salía un bulto, como una pequeña chepa, probablemente causado por las incontables horas diarias trabajando sentado en una oficina. Estaba un poco relleno y deduje que sería por la mala alimentación y la falta de ejercicio. Su cara era alargada y angulosa, con una nariz aguileña y una mirada acusadora. El pelo rizado y moderadamente negro comenzba a teñirse de unos brillantes grises y  blancos.
 Después salió una mujer por la puerta del copiloto, pero apenas me dio tiempo a obserarla; la verdad es que he de decir que no era lo que se dice guapa. Pero me fijé en su curioso modo de vestir, algo anticuado; llevaba una camiseta sin mangas de un naranja chillón y unos vaqueros oscuros que le llegaban un poco más alto que el tobillo. Empero, no se le veían las piernas, ya que llevaba unos altos calcetines negros con unas zapatillas blancas. Ella era regordeta, algo más que su pareja, con unas caderas muy anchas y unos brazos potentes. En fin, que estaban hechos el uno para el otro.
No podría describir más sobre ella ya que tan pronto como ella pisó tierra firme, también lo hizo un niño de unos siete u ocho años que salió por la puerta de atrás del conductor. Era rubio, muy pálido y delgado y vestía una camiseta roja y unos pantalones blanco roto. Sus zapatillas eran muy cantosos, de un azul totalmente artificial. Parecía estar feliz y nervioso, ya que no podía estarse quieto. Correteó de aquí para allá mientras su madre, de espaldas a mí, se fijaba en la caseta que habían alquilado, con los pies abiertos y las manos apoyadas en aquellas caderas. El padre, a su vez, sacaba maletas, bolsas y todo tipo de cosas para meterlos en la cabaña. En seguida la mujer acudió en su ayuda.
Dijeron un par de cosas, aunque yo desde donde estaba no fui capaz de entender. Los dos adultos entraron en su temporal vivienda con las manos repletas de cosas y el niño los siguió muy de cerca, aunque salió de inmediado, gritando para que sus padres le oyeran.
-¿Dónde está el ordenador? ¿Está en el coche?
-Pero, ¿acaso lo necesitas ahora?- le espetó su padre, con una sonrisa apagada en los labios.
El niño buscó en el asiento trasero y, mientras estaba en su labor, le dijo a su padre:
-¡Aquí no está, papá!
Éste murmuró algo mientras buscaba otra cosa en el asiento del copiloto, y seguidamente el niño, triunfante, salión con su ordenador envuelto en un estuche azul y negro, burlándose juguetonamente:
-¡Te he engañado, papá! ¡Está aquí! ¡Te he engañado!
El padre no le hizo caso, por lo que el niño repitió al juego, y entonces sí que respondió, aunque distraídamente, como si no le interesara ni un ápice el juego de su hijo.
-Ah, qué bien. Me has engañado.- su voz sonaba tan seca y falsa que me impactó.
Con más cosas en las manos, volvió a entrar en la casa con el niño pegado a los talones.


Unos minutos más tarde, el padre salió sin camiseta, y advertí que el polo disimulaba bien su acentuada barriga. 
De repente, una mujer joven, de unos veinte años -si es que llegaba a esa edad-, pasó frente a ambos. Era guapa, la verdad, con los cabellos negros y lisos y los pómulos bien definidos. Tenía un cuerpo esbelto, de atleta diría yo, y se dejaba entrever el ombligo bajo una camiseta de deporte muy ajustada.
Y aquel hombre que parecía tan mediocre, le echó una mirada significativa. Yo misma aseguraría que se había fijado en los pechos de aquella mujer desconocida, lo que me produjo tal repulsión que no pude evitar hacer una mueca. Vi su cara de regocijo y excitación, su postura supuestamente seductora, incluso cómo la siguió con la mirada cuando ésta se marchó.

Y luego se marchó sin más, muy satisfecho de sí mismo, después de echar un vistazo al cielo que ahora surcaban algunas pocas nubles blancas y esponjosas.


Nota mía: Ésta también es una historia verídica, y ésta vez no tiene ningún cincelado de mi imaginación. Espero que hayáis podido disfrutarlo, al menos, un poquito.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Aquella niña entusiasta


Las nubes habían decidido cubrir un cielo que hasta entonces se mostró de un azul eléctrico, mientras el sol, a su vez, calentaba las tierras de aquel pueblucho que apenas llegaría a los mil habitantes. Empero, como todos los veranos, su populación había crecido considerablemente y las calles estaban repletas de turistas. He de aclarar que yo no me consideraba uno de ellos, teniendo en cuenta que año tras año he viajado hasta allí para disfrutar del aire limpio y las bellas vistas de las altas montañas desde que no era más que una niña.
Así de bonito estaba el cielo cuando empezó a oscurecer.

Aquel día no me sentía por la labor de hacer nada, por lo que me senté en un café de la plaza del pueblo a observar a toda aquella masa de gente que iba y venía, probablemente agenos al maravilloso entorno que les rodeaba. Pedí un café y en seguida me lo trajeron.
Me había dado cuenta que en los últimoas años los turistas "de ciudad" había incrementado exageradamente, lo cual no es que me agradara mucho; aqella gente no iba más que a vaguear y a no hacer nada, ponerse unas zapatillas de deporte y patear apenas un kilómetro en las increíbles montañas que los rodeaban para después alardear de haber "entrado en contacto con la naturalez" y todas esas memeces que hoy en día están tan de moda. 

Vi unas cuantas parejas como las que os acabo de describir, otras cuantas familias y algunas jóvenes que no tendrían más que dieciséis años. Pero, entre toda ésta gente superficial e incomprendida, mi vista se topó con una niñita de cabellos castaños muy brillantes recogidos en una desordenada coleta, de ojos oscuros y tez algo pálida. Saltaba y brincaba de aquí para allá, agarraba la mano de su madre y luago la de su padre, se paraba, miraba en derredor y volvía a lo suyo. Al principio no me di cuenta de lo que aquella muchacha intentaba hacer, pero en seguida lo entendí, al observar más detenidamente el comportamiento del padre y de la madre; iban algo separados el uno del otro, cada uno sumido en sus respectivos mundos, distraídos con los escaparates de las tiendas, la gente que se sentaba en las mesas de las terrazas de los bares,  sin ni siquiera ofrecerse una insignificante mirada. De hecho, parecían evitarse. Y la niñita, tan grácil, tan inocente, cogía la mano de su papá y la acercaba a la de su madre. Cuando uno de ellos se adelantaba, con un gracioso gesto lo obligaba a parar hasta que el otro se acercaba.
Se alejaron un poco de donde yo me colocaba, así que apresuré un último sorbo, dejé algunas monedas y me encaminé hacia la curiosa familia con todo el disimulo que me fue posible emplear.
Los seguí unos cien metros, no más, y luego, entre toda la gente que caminaba aquel día que comenzaba a llegar a su fin, los perdí. 
Sin embargo, hasta el último momento que mis ojos se aferraron a aquella jovencita, ella no dejó de intentar con todo su entusiasmo que sus padres, sea lo que fuere por lo que se ignoraban, se unieran de nuevo.


Una nota: ésta historia es completamente cierta... bueno, excepto el detalle que me estaba tomando un café. En realidad estaba sentada en un banco, pero eso no queda tan "poético". Nada, chorradas mías.
¡Espero que os guste!

martes, 5 de junio de 2012

Día Mundial del Medio Ambiente.

Hoy, 5 de junio, se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente. Por lo tanto, he decidido compartir unos vídeos de lo más inspiradores. Espero que, al menos, os hagan reflexionar un poco. 
Por un planeta más sano.


Siento que estén en inglés; no los encontré en castellano.





miércoles, 30 de mayo de 2012

Un paseo por mi ciudad.



Mientras paseaba por la calle, vi que la Luna estaba muy bonita junto a la torre de la iglesia de San Andres, así que, fui a casa, cogí la cámara, y volví para sacarle una foto, que es ésta   =========================>

Saqué varias y, cuando iba a guardar la cámara, un señor se me acercó y me pidií, sonriente, que le sacara una foto. Y así lo hice.

                      


Y así, decidí dar una vuelta por mi ciudad y plasmar en la pequeña pantalla de la Canon las cosas que veo a diario. No son nada extraordinario, Eibar no es gran cosa, pero, bueno, al menos, así podréis pasar por un día de mi vida.

        Así comienza mi rutina:
Pero que los árboles y la zona verde no os engañen, Eibar es la ciudad menos verde que podáis conocer.








  Creo que el edificio de arriba pertenecía a la antigua
fábrica de la empresa de aquí abajo:




Ésta es la famosa fuente de Urkizu, muy, pero que muy, muy antigua. Bueno, en realidad no sé cuántos años tiene, pero desde luego sí que estaba ahí un tanto antes de la Guerra Civil. El agua es potable.







  El parque de Urkizu:


Ésta calle no sé como se llama...













El cruce de Aurrera (que en euskera significa adelante).

Es un edificio, una empresa o algo así, pero al cruce
(que no se ve) se le llama así.



Me gusta el color y el contraste con las flores, es como muy hogareña.



Nuestra plaza de mercado, que, aunque en un principio tenía que ser temporal, ya que tenían que derribar el edificio donde antes los caseros vendían sus productos (era, además, un edificio histórico, donde Franco guardaba armas y cosas así -Eibar ha sido una ciudad armamentística muy importante-) para construir un centro comercial, pero, claro, nos engañaron, derribaron la plaza antigua y ahora el ayuntamiento tiene a los pobres caseros aquí. En fin, es una lucha que aún no pensamos abandonar.







Y aquí está otra vez la iglesia de San Andrés, también histórica, por cierto;
ha sobrevivido a tres incendios que quemaron la ciudad entera durante la Guerra Civil
(Eibar fue bombardeado junto con Gernika y otras ciudades).
 Y éste es un detalle de la misma iglesia:
 Dice: Se prohíbe jugar a la pelota bajo la multa de dos pesetas.


Mi preciosa calle, Errebal, que antes eran los suburbios de la ciudad...



Super vistas desde mi balcón. Como se puede ver, tenemos muchas escaleras mecánicas, ya que la ciudad está situado en un valle muy estrecho, por lo que hay muchas cuestas. Pero bueno, aparte, se supone que en ésta foto, antes de que la plaza de mercado antigua se derribara, sólo se veía la mitad del edificio beige con rayas rojas o naranjas; lo demás estaba tapado. Nos hicieron una muy buena los muy cabrones. Pero bueno, esa es otra historia.


Y, por último, ésto también se ve desde mi balcón
 es el cine y donde se representan muchas actuaciones.





FIN.

Sí, lo sé, mi ciudad es una mierda. Lo siento.

martes, 29 de mayo de 2012

Lo siento, perdí la inspiración, así, de repente, sin ni siquiera darme cuenta. Ahora lo sé porque cada vez que me pongo a escribir, no sé qué decir, no se me ocurre nada, absolutamente nada. Y no sé por qué, no sé qué será lo que me impide escribir. Supongo que la desgana con la que últimamente comparto mi vida, la desesperación de salir de ésta angustiosa rutina, o tal vez sólo sea locura pasajera. No lo sé.
Por lo tanto, como no tengo nada mío que compartir, para que me perdonéis, os dejo un vídeo de lo más inspirador -qué irónico-, sólo que, lo que os inspirará será la necesidad de luchar.

 Gracias. Y siento mi ausencia. Prometo volver pronto. 

Mientras tanto, disfrutad del vídeo. 
                       

lunes, 28 de mayo de 2012

Un día en mis sueños.

 Un mundo de otros colores.
  Luces amortiguadas.

  Contrastes.
  Jarrones rotos y cinceladas grotescas.
  Tras las cortinas se esconde la verdad.
  Mis lugares.
  Se quedó solo, blandido por el tenue viento.
  Tierra mojada.
 Las olas borraron el rastro de mis frías lágrimas.