jueves, 24 de octubre de 2013

Te quiero

                               
                               
                               Pocas veces nos decimos lo mucho que nos queremos.
                               Damos por hecho que aquellos más cercanos a nosotros ya lo saben.
                               Pero, ¿no crees que a uno le alegra el día que le den un buen abrazo
                               y le susurren "te quiero"?


lunes, 21 de octubre de 2013

¿Para qué?



No consigo volver a la vida real.
Le doy la espalda a los días y a las noches.
Me sumerjo en mundos que alguien ha imaginado,
en personajes que no existen
y en historias que nunca serán historia.
Estoy en una fase de negación;
niego la realidad de la realidad,
niego las personas, mi familia, mis amigos.
Para qué vivir mi vida si puedo vivir la de los demás
Para qué sentir mi corazón si puedo sentir el de otra persona,
y apagar el dolor y la paz cuando quiera.
Para qué vivir una única vida si puedo vivir miles de vidas más.
¿Para qué?
¿Para qué?

viernes, 18 de octubre de 2013

Como perros

Vivimos en un mundo loco, desatado por insolentes pasiones. La fuerza nos apodera y dirige cual general militar al abismo de la guerra.
Quedamos cegados por la lobreguez más insondable; abandonamos toda mesura para ser arrastrados en un huracán.
Decimos, miramos y oímos, pero somos incapaces de hablar, ver y escuchar. Nos ladramos los unos a los otros; nos lanzamos a los cuellos de nuestros vecinos; nos odiamos.

          Una vez una mujer de extraordinaria sabiduría me confesó que nuestras diferencias, la completa divergencia de la humanidad es, en efecto, la causa de nuestra existencia y que, tan pronto como acogieramos esta realidad, encontraríamos en la diversidad el fundamento de estar vivo.

Amar y ser amado.
No hay nada más.

martes, 24 de septiembre de 2013

El dulce olor a café amargo

Es curioso cómo todos formamos un uno imperfecto con nuestros recuerdos y experiencias, cómo formamos un libro inacabado que cambia día a día mientras evolucionamos en diferentes direcciones.

A veces me gustaría leer la última página de esa obra incompleta, revelar lo desconocido y poder disfrutar de lo presente. Sin embargo, como con un libro ya finalizado, al instante en el que acabo de leer el final, me quedo sin nada más que sentir, sin personajes que amar u odiar, sin lugares que conocer, sin momentos que gozar.
Y me doy cuenta de que ahí se esconde el secreto de vivir; en fascinarse por la ambigüedad de la vida,  en lo relativo que resultan los hechos que a diario tomamos por ordinarios como el dulce olor a café amargo, el agua templado que acaricia mi piel …
Y me siento a gusto con la vida misma.
Me siento en armonía con el resto del mundo.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Tres

           Alrededor de las 2:45 de la madrugada del 8 de febrero de 1987, un testigo ocular vio, desde la ventana de su casa, a un hombre caminando cabizbajo por la Avenida Fitzgerald.
Aquella noche los truenos retumbaban en el cielo y la lluvia caía con pesadez. En las irregularidades de la pavimentación de esa misma calle se habían formado decenas de pequeños charcos, donde se reflejaban las ambarinas luces de las farolas. La temperatura descendía sin cesar.

     Los zapatos del señor M. rozaban la acera con cada paso que daba, rasgando la suave piel de las mismas. La mente de dicho hombre permanecía en un estado de lúgubre meditación, lo cual formaba profundos surcos en su frente y lo envolvía en un aura obscura. Llevaba así varios días, desde que supo sobre...
Una manzana más allá pudo ver un luminoso cartel donde se podía leer “Hotel Leeroy” con letras rojizas y, bajo las mismas, “Abierto”, colgado en la fachada de un ruinoso edificio. Suspiró.

     Empujó las chirriantes puertas del hotel y el repentino incremento de temperatura empañó sus gafas. Se las quitó y se frotó los ojos, algo aturdido. Le costaba respirar y apenas llegaba a distinguir a las personas que se encontraban en el hall. Volvió a colocar los anteojos en su sitio tras hacer un vago intento de limpiarlos.
El alumbrado era escaso, tenue. La estancia daba vueltas a su alrededor. Sacó un pañuelo arrugado de tela blanca para secar su sudorosa frente. Respiró hondo varias veces antes de ser consciente del entorno. Primero se percató del penetrante olor a polvo que emanaba la moqueta que antaño había sido roja. Los gritos de histeria de la gente allí presente resonaban en las paredes de falso mármol, creando un reticente murmullo que despistaba al señor M. Este apretó los labios en una tensa línea, reclinó la cabeza e, ignorando al anciano que se escondía tras la barra de recepción y que le señalaba con un rifle, se apresuró hacia las escaleras situadas a su izquierda.

Mientras subía los escalones de dos en dos se obligó a sí mismo a recordar lo que había leído en la nota que había encontrado en la papelera de su casa hacía exactamente 6 días.

Hotel Leeroy, habitación 214. Sábado 7, 2:30 a.m.

Llegó al octavo piso y paró en seco. En una placa metálica colocada en la pared donde cualquiera pudiera verlo se podía leer “Habitaciones 200-220”. Irguió su espalda y echó a andar por aquel pasillo viejo y apestoso.
Caminaba despacio pero con paso seguro. 200, 201. Una torcida sonrisa escapó por sus secos labios. 202, 203. Rascó su incipiente barba, distraído. 204, 205. Un mechón de pelo grasiento se posó en los sucios cristales de las gafas. 206, 207. Su corazón aceleraba con cada paso que daba; la adrenalina corría por sus venas. 208, 209. Ya casi estaba. 210, 211. Dos habitaciones más. 212, 213.
Se colocó frente a la puerta grotescamente pintada de color crema, los números 2, 1 y 4 dibujados de negro justo sobre la mirilla.
Te tengo. Te tengo y pagarás por tus pecados. Pagarás por tu insolencia. Pagarás por faltarme el respeto. Sucia perra.
Tocó la puerta con los nudillos tres veces.
Eres mía.
Volvió a llamar.
Vamos, vamos.
Esta vez dio cinco golpes con el puño.
-¡Abre la puta puerta!- rugió.
Un joven de unos veinticinco años, cabello dorado y ojos intensamente azules, ataviado únicamente con una bata de seda gris abrió la puerta, mano derecha en el pomo y la izquierda en el corazón.
-¿A qué viene esta vejación?- con el ceño fruncido, el muchacho desafió la mirada del señor M., hasta que vio lo que el intruso sujetaba en su mano derecha.
-No tengo tiempo para tonterías, chico.- lo apartó a un lado con un empujón.
Penetró en la habitación, se quitó la mojada chaqueta y la tiró al suelo. Se aclaró la garganta y miró fijamente a su esposa, tumbada en la cama, desnuda, medio tapada con unas sábanas de flores.
Las paredes eran de un pálido beige, oscurecidas en las esquinas por la humedad. La cama se situaba frente a la puerta de la entrada, con la cabecera pegada a una pequeña ventana que en aquellos instantes tenía las cortinas echadas. Estas tenían bordados unos elaborados dibujos geométricos. Solo estaba encendida la lámpara de la mesilla. Las gotas de lluvia golpeaban la ventana con insistencia. El ventilador que colgaba del tejado hacía un ruido mecánico con cada pausado giro que daba. Un perro ladraba en la calle. Alguien gritaba en el pasillo.
-Hola, cielo.- susurró el señor M.


¡Bang!

                              ¡Bang!

                                                            ¡Bang!


Tres balas.
Una en el pecho.
Otra en la frente.
La última por puro goce.

Se oyó un ruido sordo cuando el revólver cayó al suelo.
Todo quedó en silencio.
El señor M. se limpió la mejilla con la manga de la camisa, la cual quedó teñida de carmesí. Giró sobre sus talones y observó al joven de la bata gris.
-Buenas noches.


     El señor M. salió de la habitación y nadie lo volvió a ver jamás.





domingo, 7 de julio de 2013

THE FAULT IN OUR STARS


DATOS DEL LIBRO
             Título original: The fault in our stars
       Título en español: Bajo la misma estrella
        Autor: John Green
Primera publicación: Enero, 2012 skdljd
  c
***
"A finales del invierno de mi decimoséptimo año de vida, mi madre llegó a la conclusión de que estaba deprimida, seguramente porque apenas salía de casa, pasaba mucho tiempo en la cama, leía el mismo libro una y otra vez, casi nunca comía y dedicaba buena parte de mi abundante tiempo libre a pensar en la muerte."
***
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          Esta es la primera de las muchas entradas en las que compartiré mis opiniones sobre libros que he leído o estoy leyendo.
          Para esta primerísima vez he elegido The fault in our stars, del autor estadounidense John Green. Oí hablar maravillas de este libro en algunas redes sociales y en estas mismas leí algunos fragmentos que la gente publicaba. No tardé más de un par de días en ir a la librería en su busca.
Poco me costó engancharme.
La escritura de Green es sencilla pero completa, fácil pero no simple. En realidad mi ejemplar está en su idioma original, por lo que no puedo afirmar que esté traducido con la misma gracia en la que está en inglés, pero por lo que he podido leer, está bastante bien.

          El libro narra la historia de Hazel Grace, una chica de diecisiete años y con cáncer de pulmón, cuyos padres la obligan a asistir a un grupo de apoyo, en el cual conoce y se enamora de Augustus Waters, un superviviente de osteosarcoma.
La historia en sí no tiene tanta importancia; de lo que trata es del desarrollo emocional de los personajes y de cómo viven con lo que les ha tocado vivir.

          En fin, es una obra maestra que, con su tono ameno e irresistible os hará reír y llorar y ambos a la vez.


Recomendable al cien por cien.


***

Aquí os dejo el Capítulo 1 en español, por si os pica la curiosidad.
Y aquí en inglés.



Mi ejemplar


Para ir a la página oficial de "The fault in our stars".

La próxima vez hablaré de "La última lección" de Randy Pausch.

Pero si tenéis otras sugenrencias tanto de libros como de peículas, por favor, dejad un comentario y los leeré o veré tan pronto como pueda. ¡GRACIAS!

miércoles, 29 de mayo de 2013

Auto estopista


Darle al play y leed.
Disfrutad.


          A veces me gustaría ser un personaje de ficción y no tener que formar parte de mi vida, ya que la ficción es mucho más simple, con reglas y leyes que no se pueden quebrantar.

          La vida, sin embargo, es ser un auto-estopista: puedes caminar solo, disfrutar del paisaje, sentir el viento y el sol en la piel, enfriarse bajo la lluvia o sofocarse de calor; o puedes montarte en el primer coche que pare y esperar que el desconocido sea alguien agradable, alguien con el que compartir el viaje, alguien con el que cantar esa canción de los setenta mientras improvisas un baile con los brazos, o bajar la ventanilla y dejar que la corriente se introduzca en el coche y refresque el ambiente.
Puede que el viaje no sea lo que esperabas. Puede que tus zapatillas se rompan después de tanto caminar, o que se acabe la gasolina y te quedes tirado en mitad de la nada. Puede que el desconocido sea un sociópata sin remedio o que el sociópata seas tú. Pueden pasarte un millón de cosas que jamás hubieras sido capaz de prepararte para ello. Y puede que los planes te salgan a la primera, o tal vez tengas que empezar una y otra vez hasta que te salgan bien.
La ficción es más sencilla: todo está planeado; los actores tienen sus guiones, los cámaras sus referencias y el director el storyboard. El set ha sido preparado meses antes y nada puede salirse de lo acordado. Y si lo hace, siempre hay un Plan B con el que milagrosamente se soluciona el problema.
Pero luego me pongo a pensar y me doy cuenta de que ahí está el secreto de vivir; la magia está en no esperar lo que viene, en ignorar tu futuro, que este te sorprenda, que te haga sentir algo, por muy terrible que sea. Porque, al fin y al cabo, eso es lo que somos. Somos emociones, buenas y malas. Somos lo que deriva de lo que sentimos; elegimos un camino u otro porque pensamos que las consecuencias nos serán placenteras, o porque pensamos que es lo correcto.


          El no saber lo que nos depara la vida nos da una ventaja sobre los personajes de ficción; tenemos el poder de cambiar nuestro futuro con las decisiones que tomamos en nuestro presente.

viernes, 5 de abril de 2013

Día 84, parte 5


 Me dirijo a la cocina, pongo un vaso grande bajo el fregadero y espero a que se llene. Las gotas se escapan del borde y mojan mis dedos. No me molesto en secarme.

Le acerco el vaso, pero frunce el ceño.
A, la pajita. Se me ha olvidado. Le resulta más fácil beber con una de ellas.

Ya en la cocina, sujeto el envase de plástico transparente que guarda dichos utensilios de colores, decidiendo, menos apesadumbrado de o habitual, cuál escoger. Me decanto por el azul claro, ya que me transmite tranquilid...
Oigo el sonido de un vaso al caer y romperse en miles de pedacitos mortíferos, y corro hacia ella, desesperado. Sé que en mi cara tengo la expresión de pánico pintada a cinceladas grotescas, y que esta se agrava cuando diviso su brazo derecho inerte, con las yemas de los dedos rozando el suelo. Me siento a su lado y agarro su cuerpo con fuerza. Sus ojos vidriosos suplican clemencia mientras penetro mi mirada en las verdes irises.
-¿Qué has hecho?- exclamo- ¿¡Qué has hecho!?
Y justo entonces veo el familiar paquete de papel blanquecino, del mismo tono que su contenido;s nieve letal.
-Cielo, por favor...- las lágrimas comienzan a emborronar mi vista- ¿por qué...?
-Lo...-su voz apenas es audible, un suspiro- lo siento.
-No... te pondrás bien, ya verás. Todo irá bien. Te... te lo prometo, ¿vale? Pero por favor, no me abandones... no... quédate conmigo, ¿me oyes? ¡Te quiero!- murmuro, desamparado. Siento tal angustia que apenas puedo respirar.
-T... te quiero- responde.
Y con sus últimas fuerzas me regala la sonrisa más bella, más hermosa, brillante y perfecta que nunca me ha regalado.
Y se desploma sobre mí, con los párpados entornados.


Me gustaría culpar a alguien por todo esto, por el infierno por el que ha tenido que pasar durante estos 84 días. Todos esos ataques de ansiedad, todos esos días que se pasaba perdida en ella misma... Yo creía con toda mi alma que mejoraría, que si la apoyaba y la ayudaba podría salir de ese mundo tan oscuro y se podría recuperar.
Pero su adicción fue más fuerte que ella y el pozo en el que había caído, más hondo del que yo imaginaba.






Elena. Su nombre era Elena.


martes, 2 de abril de 2013

Día 84, parte 4


...but now you never show that to me, do you?” respondo. -...pero ahora nunca me lo muestras, ¿verdad?-
Aparta la mirada, a sabiendas de que esa frase tan simple guarda un segundo significado.
Prosigo mi labor de frotar su piel con suavidad. La enjabono y la limpio. No ha dicho ni una sola palabra más.
Se apoya en mí para levantarse y salir de la bañera mientras la envuelvo con la toalla que antes he dejado en la calefacción, que ahora está bien calentita. Se revuelve en ella.
La seco y acompaño a la habitación, donde saco ropa limpia y ayudo a que se vista.
-¿Quieres dar un paseo por la playa?-sugiero. Ya conozco la respuesta, pero aun así debo intentarlo.
-S...
-¿Cómo?- susurro.
-Sí.
Me quedo asombrado, incapaz de comprender la razón por la cual ha cambiado de opinión y ha decidido dejar la seguridad que le proporciona la casa. Sin embargo, me apresuro a coger unas zapatillas y calcetines y un abrigo.
Unos veinte minutos más tarde, sus frágiles dedos se aferran a mi brazo mientras cruzamos el umbral de la puerta trasera, la cual nos lleva directamente a la playa, ahora ya más transitada. Las nubes grises se arremolinan en el cielo parcialmente azulado, creando figuras imaginativas. Siento los rayos del sol pegados a mi piel, la brisa que se escabulle entre mis ropas y baila con el dorado pelo de mi bella acompañante. Veo que se le escapa una medio sonrisa al ver a unos niños juguetear en la orilla y siento cómo, de repente, un enorme peso resbala desde mis hombros y suelta mi cuello, produciendo en mí una sensación aliviadora.
Es reconfortante saber que aún guarda la capacidad de sonreír.
Nos acercamos a las saladas aguas del mar, con sus brazos expandiéndose y contrayéndose una y otra vez, incansables, bañando la arena húmeda y fría.
Unas gaviotas vuelan por encima de nuestras cabezas, con sus estridentes chillidos flotando en la ambigüedad del espacio que hay entre el plano celeste y el terrenal.
Me arrodillo junto a una concha brillante y rosada con el filo rasgado y la cojo, sopesando su peso. Es ligera. Así que se la entrego a ella.
-Es casi tan hermosa como tú- susurro.

Al cabo de un rato noto cómo ella desacelera el paso y se apoya más sobre mí, por lo que sugiero volver a casa. Ella acepta de buena gana.

Ya en casa, se desviste y se mete en la cama. No replico, ya que se merece un descanso.
-Te traeré un poco de agua, ¿de acuerdo?
Asiente con la cabeza y echa el plumón sobre ella, dejando su rostro fuera del alcance de mi vista.

Tan pronto como abandono la habitación siento cómo todos mis músculos se sueltan y dejo escapar una sonrisa. Esta es la primera vez en 84 días que sale de casa. También la primera vez que sonríe. Y que me habla.
Parece que las cosas están empezando a mejorar.



lunes, 25 de marzo de 2013

Balingen-Eibar exchange a la invertida

Esta vez fuimos nosotros quienes nos colamos en las casas de los alemanes e invadimos dicho país... o bueno, sus bares. Este fue el resultado; frío, buen humor y recuerdos que jamás olvidaremos.

BALINGEN- EIBAR
Vídeo editado por Marina


DANKE.

domingo, 24 de marzo de 2013

Día 84, parte 3


Ella es ahora tan frágil como una rosa de cristal, pero tan linda como una estrella azul.
Se pasa horas acurrucada entre las sábanas, o sentada en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y la mirada fija en algún lugar que yo no llego a ver.
Ya no la comprendo.
Y apenas me habla.

Pero la quiero tanto...

Regreso al baño para dejar las toallas (coloco una extendida en la calefacción) y apagar los grifos y, tras asegurarme de que el agua está caliente pero no ardiendo, me seco los dedos y me acerco a ella.
Apenas ha probado bocado.
Suspiro para mis adentros y le regalo la sonrisa más compuesta que mi tristeza me permite.
-El baño está listo.- anuncio.
Ella asiente y se encoje de hombros.
-Vamos, te sentará bien.
Se tumba, encogida, después de apartar su desayuno, así que me veo obligado a cogerla entre los brazos. Al principio se resiste un poco, pero en seguida desiste. Se agarra a mi cuello con debilidad, y yo la aprieto fuerte contra mi pecho.
La llevo al baño y la siento en el bidé. Le doy un minuto para que coja aire; el mínimo esfuerzo supone todo un reto para sus agarrotados y desgastados músculos. Permito que se desvista ella sola. Sin embargo, al comprender que no lo va ha hacer, me arrodillo para que sus ojos queden a la par de los míos.
-Deja que te ayude, ¿sí?- susurro.
Desvía la mirada, como siempre.
Le quito la camiseta y los pantalones y la ropa interior. Así, desnuda, parece que se va a romper en mil pedazos con el primer roce. Le paso la mano por el antebrazo para que se levante, y sus pechos descubiertos se mueven con un leve balanceo. Introduce primero una pierna, poco a poco, y luego la otra. Su pelo dorado se oscurece en las puntas con el tacto del agua. Cojo la suave esponja amarilla y la rocío con agua. Tiembla un poco, pero no sé si es por el frío o porque se siente incómoda, avergonzada.
Sin darme cuenta comienzo a tararear Hallelujah, una vieja canción de Leonard Cohen. A ella le encantaba. Únicamente me doy cuenta de que estoy cantando cuando escucho su voz, su rota y apagada voz, que antaño fue tan dulce, murmurar la melodía de dicha canción:
... there was a time when you let me know...” -...hubo un tiempo en el que me hacías saber...-
Mis brazos se paralizan y la miro a los ojos fijamente. Hace semanas que no habla y meses desde que no canta.

Antes lo solía hacer todas las mañanas, cuando freía unos huevos revueltos, o cuando se duchaba, o mientras se vestía para ir a trabajar. Cantaba tan bien como un pájaro.
Recuerdo la vez en la que se despertó y de sus labios no salió ni una sola nota, ni cuando freía los huevos revueltos, ni cuando se duchaba. Tampoco mientras se vestía para ir a trabajar.


jueves, 14 de marzo de 2013

Día 84, parte 2

Pongo agua hervir y coloco dos rodajas de pan en la tostadora, después de haber sacado la mantequilla del frigorífico para que se vaya ablandando. Exprimo dos naranjas y un limón para echarlos en un vaso grande (a ella le gusta así). La tostadora salta y acudo a coger los panes, los cuales coloco en un plato y embadurno con mantequilla y miel. El agua está listo justo cuando acabo con las tostadas; vierto un poco en una taza y la mezclo con leche, azúcar moreno y té verde. Saco una bandeja de madera del armario que está a mi izquierda para colocar en ella todo lo que he cocinado, más una cucharrilla; cuando todo está listo, la cojo y regreso a la habitación.
Dejo la bandeja en la mesilla de noche y me siento en la cama, junto a ella. Zarandeo su brazo con suavidad y ella abre los ojos durante un segundo. Odio tener que despertarla, pero no puedo dejar que pase el día en la cama como solía hacer. Me obligo a suprimir mis deseos de dejarla dormir y coloco mis dedos en los suyos.
-Vamos, Bella Durmiente. Despierta.- susurro.
Y así lo hace. Se apoya en su brazo derecho para recostarse.
-Buenos días- le digo- ¿te apetece desayunar?
Asiente.
Dejo la bandeja sobre la mesa, entre los dos, y la ayudo a sentarse. Le acerco el zumo mixto y ella le da un sorbo.
-Dos naranjas y un limón, como te gusta.
Me agradece el detalle con una apagada sonrisa.
Vacía el vaso y decide probar una tostada.
-¿Está buena?
Le da otro bocado a modo de respuesta.
-Voy a preparar el baño, ¿de acuerdo?- le toco la barbilla con delicadeza- No dejes ni una sola miga, ¿e?- bromeo, aunque lo diga muy en serio- Ahora vuelvo.
La observo durante un instante antes de salir: sus ojos, que solían relucir con un verde esmeralda, se han vuelto oscuros y opacos, como si en ellos guardara todo el dolor existente; su piel, antes tan luminosa, ahora es tan pálida como la misma nieve; además, ha adelgazado tanto que apenas la reconozco.

Al llegar al baño pongo el tapón de la bañera; le doy diez vueltas a la manilla del agua caliente y tres a la del frío. El chorro cae con fuerza y chapotea cuando estalla contra la porcelana. Calculo que tardará unos quince minutos en llenarse, así que voy a por toallas nuevas.


Sé que aún no he revelado su nombre; me siento incapaz de hacerlo.
Tampoco espero que nadie lo comprenda, porque sé que es pedir mucho.



viernes, 15 de febrero de 2013

Día 84 , parte 1


Al despertar, mis hombros son atacados por el agotamiento de la noche anterior. Entorno los párpados por la intensidad de la luz solar que se filtra por las largas y blancas cortinas, las cuales esconden, vacilantes, el amplio ventanal que me regala unas preciosas vistas al mar. Me levanto con cuidado, procurando no despertar a la hermosa mujer que aún duerme, de costado, entre las sábanas; para ella también fue una dura noche.
Abro las ventanas y la fresca brisa matinal acaricia mi piel. Me empapo del familiar olor a salitre que emana el mar, el murmullo de las olas y las tenues voces de las pocas personas que caminan por la playa.
Tras volver a cerrar los traslúcidos cristales, me alejo del mundo exterior para arrodillarme junto a esta bella mujer que, al verla así, tan tranquila, no puedo evitar suspirar. Acaricio su mejilla derecha y la beso en la frente; está ardiendo, cosa que durante los últimos meses se ha vuelto algo muy habitual. Me acerco al guardarropa donde de la balda superior cojo una manta de terciopelo azul marino. La coloco sobre ella, asegurándome de que está bien tapada.
Sé que debo ir a la cocina y preparar el desayuno, además de que tengo muchísimas cosas que hacer antes de que ella se despierte; sin embargo, algo dentro de mí me impide dejarla allí, sola. Al final acepto mi situación y abandono la habitación, no sin antes echar un vistazo hacia su pequeña y rubia cabecita.


sábado, 2 de febrero de 2013

Vacía y banal


Hay veces
en las que un horrible sentimiento de culpabilidad
me arrastra hacia remotos lugares
con sus frías y sucias garras
clavadas en mis hombros,
torpes y pesadas,
pero fuertes y legendarias
que no sueltan mi piel desgarrada
hasta llegar a un lugar oscuro y helado.
El eco de mis gritos
se arremolina en mis oídos,
una voz desconocida,
ajena.
Y me siento tan desolada
y cansada
que solo puedo acurrucarme en el sucio suelo de roca mojada
y permitir que mis párpados se entornen
y comience un viaje infinito
e incomprensible.
Un viaje que a veces es horrible
y otras veces placentero.

Y tras llantos y llantos
y puñales de desesperación,
desisto de mis recuerdos
y de mis sentidos.

Porque es así,
vacía e incompleta,
ignorante,
deprimente,
banal
como el mundo me acepta.